Mudanza
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Mudanza

20/07/2018

Desde que era pequeño, una de las maneras de ilustrar la falta de sentido común de los gobiernos nacionales, era cuestionar la lógica que había detrás de la instalación de la Secretaría de Marina en una ciudad con muy poca agua.

Al tiempo recibí múltiples explicaciones acerca de ese misterio marítimo de la burocracia y de otros parecidos, como el de las secretarías de Agricultura o la de Pesca (cuando existía). El único denominador común que me hizo sentido para centralizar tanto en un solo sitio, era el poder que debía mantener el presidente en turno.

Una de las propuestas que ha causado más revuelo luego del proceso electoral, ha sido la reubicación de las dependencias del gobierno federal hacia el interior de la República. En pocas semanas se ha convertido en uno de los puntos de ataque contra el gobierno electo.

Si bien hay que reconocer que todavía no hemos visto ningún argumento técnico para la mudanza, la realidad es que estamos en un México muy distinto al de mi sorprendido abuelo ante la decisión de que los marinos despacharan lejos del puerto de Veracruz.

Primero, la tecnología hace mucho más sencillo el intercambio de información. Si tomamos en cuenta el caso de éxito más inmediato, las oficinas del INEGI en Aguascalientes, podremos comprobar que, fuera de los inconvenientes iniciales, hoy el Instituto es uno de los tres principales empleadores de la entidad, junto con las plantas de una automotriz japonesa y, por supuesto, el gobierno del estado.

Otras entidades no corren con la misma suerte. Si no trabajas para la burocracia local o para un puñado de empresas, tus opciones son limitadas. De buenos salarios, prestaciones y crédito, mejor ni hablar. Sumarle el factor de la inseguridad sólo hace que miles de jóvenes migren a los estados de siempre para poder construir un futuro.

Hace menos de cuatro años, durante una visita a la Comarca Lagunera –una de las zonas que en su tiempo fue de las más prósperas en la historia de México– me compartían los resultados de una encuesta hecha entre jóvenes no mayores a 35 años. El 75 por ciento manifestaba que, si pudiera abandonar la región, lo haría en ese momento.

Felizmente, los esfuerzos de la sociedad civil, de la iniciativa privada y de las universidades, lograron contener esta diáspora que anticipaba una posible extinción de un lugar que, de tan rico, en algún momento tuvo la idea de constituirse como otro estado de la Federación.

La concentración, ya lo hemos escrito, perjudica en cualquiera de sus presentaciones. La historia de la política mexicana es la historia de la concentración por el poder. Este debate lleva demasiado tiempo y nunca se ha dado un paso real para intentar solucionarlo. Puede que hayamos llegado al punto en que los problemas son tan complejos que merezcan soluciones extraordinarias que se habían pospuesto demasiado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.