Opinión

Luis Mario Schneider

Para Roberto González y Homero Wimer

En el descubrimiento y conquista de la literatura mexicana, por lo menos la que arranca con la independencia política de España (el otro coloniaje, el mental, persistirá hasta la Reforma), abundan los nombres hispanoamericanos. Los “históricos” José Martí, cubano, y Pedro Henríquez Ureña, dominicano, de manera señalada.

Pero no viajo tan lejos en el tiempo.

De la segunda mitad del pasado siglo, el XX, traigo a cuento a tres figuras preclaras. Luis Guillermo Piazza y Luis Mario Schneider, argentinos, y Fernando Tola de Habich, peruano.

Finados los dos primeros; retirado a su “Masía”, Barcelona y Mollá arriba, el tercero.

Los tres entrañables amigos míos, maestros fuera de las aulas, editores osados de mis libros de creación y crítica (la verdad, ya reparó alguien en eso, parezco escritor exilado).

A Piazza, ya del todo olvidado (“desaparecido” en mi análisis, ya añoso, de la Guerra Sucia Cultural que se desató a partir de los setentas), debemos, entre otros, dos libros en su tiempo célebres. La novela La mafia, exacto y regocijado retrato colectivo del sistema literario de los sesenta; y un provocador e inteligente ensayo: El país más viejo del mundo (Estados Unidos de Norteamérica aunque usted no lo crea).

A Schneider una Ruptura y continuidad de la literatura mexicana; exámenes novedosos del movimiento Estridentista; y rescates, reinvenciones los llamo yo, de Jorge Cuesta, Carlos Pellicer y el hispano, pero autor latinoamericano por su novela Tirano Banderas, Ramón del Valle Inclán.

A Tola, por su parte, tres ya inconseguibles museos literarios, geografía y anatomía de las letras decimonónicas; utilísimas series de La Matraca, rescate del mismo siglo, al que la prepotente y desinformada burocracia silenció; y, apenas el año anterior, una utilísima Bibliografía Literaria de ka Revolución Mexicana que no me canso de consultar y recomendar.

Pues bien: el 5 del presente y tierno abril, la Universidad Autónoma del Estado de México organizó en honor y homenaje y celebración de Luis Mario Schneider, en el marco de uno de sus territorios de descubridor, conquistador, adelantado, encomendero y cronista. Malinalco.

Dichos los vocablos anteriores en un figurado sentido moderno que transfigura los sentidos vigentes en los siglo XVI y XVII.

El que columbra Terra Incógnita.

El que rinde lo por él descubierto.

El que se interna en parajes, climas, costumbres, cocinas desconocidas.

El que conduce esfuerzos nativos.

El que consigna, registra.

Malinalco, su elección. Pueblo dueño de una pirámide de grácil cuerpo y espectacular emplazamiento. De hondas raíces precolombinas y campesinas. Con discreto Club de Golf y una colonia chilanga que crecía por minutos.

Para la ocasión, rayado de nostalgias y evocaciones personales, anécdotas, conversaciones sin cuento de la época telefónica de la Galaxia Graham Bell, preparé un “paper” (así se decía antes ) que destaca, entre otras muchas, una afinidad y una discrepancia. En el terreno de la crítica y la historia literarias.

No hicimos caso del falso debate de si, el equipo fundador de las letras mexicanas del siglo XX, de las letras y muchos otros aspectos, era o no una generación.

Falso pero improductivo debate.

Con antecedentes en el Modernismo, que lo prohijó y apapachó, el Ateneo se extiende entre I906 y I929. La primera fecha, por su única y breve revista savia Moderna. La segunda por el fracaso de uno de los suyos, el cambiante José Vasconcelos, en sentarse a como diera lugar en la Silla Presidencial. Para reelegirse lo más seguro.

Detenerse en el Ateneo, exaltarlo o denostarlo; no considerarlo momento, deslumbrante pero momento, del proceso de la literatura mexicana del siglo XX; canceló antecedentes y subsecuentes.

Antecedentes: Altamirano, el Duque Job, el Positivismo, el Modernismo.

Después de Ateneo: Sietes sabios, Estridentistas, Contemporáneos, Novela de la Revolución, Neocolonialismo, debates ideológicos (arte y sociedad) de los veinte y los treinta, Generación de 1929, talleristas (Paz, hasta en la sopa, uno de ellos), indigenismo, Generación de Medio Siglo, Generación de Casa del Lago, la Onda, los testimonialistas del 68, el periodismo cultural de oposición, los Infrarrealistas (Roberto Bolaño, luego superstar, uno de ellos), el Crack, los Enterradores.

Un siglo y pico: I898-2000.

El encuentro de Malinalco privilegió las vanguardias, uno de los temas caros a Schneider.

Yo traje a cuento, siempre desde una perspectiva histórica generacional, sus fundamentales análisis sobre Estridentistas y Contemporáneos.

Para él, unos en una esquina; otros en otra.

Porque, opina, los Contemporáneos no fueron vanguardia.

Experimentadores, sí.

Yo, en cambio, a la luz de mi concepción de los grandes ciclos socioculturalpolíticos (¡uf!), reúno , con sus indudables notas particulares, a ambas pandillas.

Ávidas del cosmopolitismo, el último grito, la modernidad de la hora.

Entreguerra.