Reflexiones de la jornada electoral
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Reflexiones de la jornada electoral

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Reflexiones de la jornada electoral

03/07/2018
Actualización 03/07/2018 - 9:59

Final feliz. Ganó el candidato del cambio por un margen rotundo y con la aceptación de los adversarios. La noche no podía ser mejor. Ante un proceso que generó tensión y agravios, el país puede darle la vuelta a la página y pensar en el futuro. López Obrador reconoció la figura presidencial y se abre la posibilidad de una transición afable y de cooperación. Una luna de miel.

Como siempre, los votantes se comportaron de manera ejemplar. También los funcionarios electorales que dieron su tiempo y paciencia para abrir casillas y contar votos. La jornada de ayer fue, como otras, exitosa por la participación de la gente. La diferencia fue la contundencia del triunfo que permitió que la elección se resolviera, políticamente hablando, antes de medianoche.

Como siempre ocurre, el Instituto Nacional Electoral (antes IFE) hizo una magnífica labor de organización electoral. Cada tres años se abren prácticamente todas las casillas y se cuentan los votos con transparencia y se difunden resultados con enorme precisión. Salvo Puebla, ayer no se acusó fraude y ojalá eso ayude a desterrar para siempre el mito de trampas inexistentes que han debilitado la credibilidad de las instituciones electorales. Seguramente el resultado del domingo restaurará la confianza no sólo en el INE, sino en las instituciones políticas en general.

Que haya habido un final feliz el domingo no significa necesariamente que la clase política haya madurado. Ese mismo día hubo madruguetes en las entidades con elecciones competidas (Veracruz, Puebla y Yucatán) y se avizoran conflictos poselectorales en Puebla y Yucatán. La apuesta para el futuro es que aun con márgenes muy estrechos, los perdedores acepten el resultado y deseen éxito al ganador.

Si se logra desterrar el mito del fraude, tendremos la oportunidad de modernizar el sistema de organización electoral. Por ejemplo, abandonar el sistema de selección de funcionarios de casilla por sorteo, que es muy oneroso y complejo; o bien, introducir urnas electrónicas para contar votos más rápido y con mayor precisión. Además, los partidos se podrían ahorrar mucho dinero en representantes de casilla.

Que el resultado haya sido nítido y contundente no significa que deban olvidarse los pecados durante las campañas. En primer lugar, el gasto excesivo y el fondeo ilegal que ha detonado un ciclo de corrupción de gobiernos para pagar las cuentas de los donantes. En segundo lugar, el fenómeno degradante del clientelismo (movilización, compra e inhibición del voto).

López Obrador podría llevar a cabo una ambiciosa reforma para combatir estos problemas. De no hacerlo pronto, Morena puede quedar atrapado por las estructuras clientelares y los mecanismos de corrupción que han rodeado al PRI, PAN y PRD. Los ejércitos de mercenarios que movilizan votos y los donantes que dan dinero para comprar acceso al poder político no tienen ideología y ahora que Morena ha ganado en muchas entidades buscarán penetrar sus estructuras para acomodarse.

Es democrático que los votantes den mayorías legislativas al presidente. Pero en el caso mexicano sus implicaciones pueden afectar los pesos y contrapesos y minar el funcionamiento de la democracia. El Congreso no es la institución profesional que México requiere y se ha poblado de prácticas clientelares (moches, prerrogativas, nepotismo). Las amplias mayorías de López Obrador pueden bloquear el debate interno y convertir al Legislativo en un poder sumiso a la orden del señor presidente.

Conviene que el PAN y el PRI se reagrupen para fungir como un contrapeso, por pequeño que sea, ante el Poder Ejecutivo. Aunque el PRI será la quinta fuerza en la Cámara de Diputados y la tercera en el Senado, cuenta con 13 gobernadores que le dan todavía una fuerza política regional. El PRI y el PAN son partidos históricos que deben seguir siendo punto de referencia. Ojalá logren cruzar el río de sus conflictos internos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.