Reconciliación
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Reconciliación

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Reconciliación

22/05/2018
Actualización 22/05/2018 - 13:52

La reconciliación es el único camino para que la intensa competencia entre partidos, las campañas de ataque que emprendieron y la polarización política queden atrás después del 1 de julio. Nuestra incipiente cultura política propicia que los pleitos naturales de una contienda electoral lleven a problemas familiares, sociales y luego a heridas que tardan tiempo en sanar. Todavía en esta elección se arrastran agravios, acusaciones y anécdotas de 2006.

Con el segundo debate presidencial del pasado domingo ha concluido la fase de propuestas y de críticas centrales entre candidatos. Esto no significa que no habrá nuevas propuestas o nuevos ataques. Por supuesto que habrá más ofertas de gobierno. Por ejemplo, José Antonio Meade presentará su libro de propuestas, igual que Ricardo Anaya. Pero no veo que haya algo realmente novedoso o impactante que pueda mover el ánimo colectivo.

También habrá más campañas de ataque en redes sociales y en medios electrónicos. Pero después de todas las acusaciones que ya se han hecho en contra los tres candidatos de partido, no veo nada significativo que pudiera cambiar la imagen que de ellos tiene buena parte de la población.

Por eso creo que a partir de ayer inició una fase de reflexión una vez que las cartas están sobre la mesa. Por supuesto que en los próximos 39 días la reflexión puede mover intenciones del voto y canalizar a los indecisos de un lado o de otro, y con ello consolidar la ventaja del puntero o acortar su distancia del segundo lugar. Pero será como resultado de las ofertas hechas en los pasados meses, no como resultado de nueva información.

Además de la reflexión del voto, es importante que el país empiece a pensar la fase de reconciliación. Pensar en la mañana del 2 de julio y los meses subsecuentes. Muchos países terminan elecciones polarizantes e inician la revancha de los ganadores y perdedores. Esos países destruyen su futuro y tardan en sanar generaciones. Otros terminan el pleito electoral y ven hacia el futuro, tienden puentes y reconstruyen los agravios. Esos países aprovechan el pleito en oportunidad de progreso.

La fase de reconciliación implica la suma de las voluntades y buenos oficios de todos. Primero, del presidente electo –sea quien sea–, quien deberá invitar a sus adversarios a transitar hacia un camino de inclusión. Deberá hacerlo con gracia y respeto, con empatía plena de que pasada la elección a él es a quien más conviene un tono de respeto y evitar que el ánimo revanchista predomine. El ganador debe dar garantías de que el tono excluyente de las campañas se convierta en un tono que tienda puentes y olvide los agravios pasados.

Dos, el entendimiento con actores económicos, como el sector empresarial, es fundamental. Con frecuencia la iniciativa privada ha jugado de forma acomodaticia, tras bambalinas, esperando que haya un nuevo gobierno para sentarse a negociar. Los empresarios tienen la oportunidad de renovarse en sus formas y estilos. Dejar de ser un organismo cupular y convertirse en uno transversal, con mayor liderazgo político. Con mayor apertura a la sociedad. Menos una sociedad secreta y más un gremio que promueve el bienestar general, porque ahí va su propio interés como empresarios.

Tercero, pensar una nueva reforma electoral como mecanismo para sentar las bases de nuestro futuro democrático. Gane quien gane, es necesario repensar las reglas electorales. Las normas que regulan el financiamiento y la operación de las campañas políticas están rotas. Asimismo, es necesario defender el sistema de organización electoral por su solidez y transparencia, mientras ponemos atención en cómo modificar el sistema que regula la contienda entre candidatos.

El nuevo presidente de la República podría dar una señal de cambio canalizando su energía para promover el diálogo con el objetivo de repensar las reglas de la democracia electoral. Primero, apostando abiertamente por el juego electoral como la única vía para alcanzar el poder político. Segundo, apostando por los principios de la democracia representativa: los pesos y contrapesos, los controles temporales y el papel central de los votantes como el último resguardo de la soberanía del país.

Pensar ya en la mañana del 2 de julio es una buena forma de evitar una mala noche del 1 de julio. Gane quien gane debería haber júbilo democrático por haber conducido la elección en los márgenes de una democracia electoral, a pesar de sus excesos y deficiencias. Por eso no se vale que haya ganadores y perdedores más allá de ese domingo por la noche. El lunes por la mañana México debe amanecer como un país ganador. Ojalá así sea. Ojalá así fuera.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.