Combatir la corrupción, la cara frágil de AMLO
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Combatir la corrupción, la cara frágil de AMLO

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Combatir la corrupción, la cara frágil de AMLO

15/05/2018
Actualización 15/05/2018 - 9:59

Si combatir la corrupción fuera un asunto de virtudes personales, el triunfo eventual de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México no significaría una renovación moral de la vida política de México. Asumamos que él es una persona íntegra, frugal y alejada del gusto por la ostentación y cercana a la verdadera austeridad republicana. Sin embargo, no es el perfil de muchos de sus aliados políticos ni tampoco de varios de sus candidatos a legisladores y gobernadores.

Yo no creo que la corrupción se combata sólo con el ejemplo del presidente de la República, por más que su honestidad logre inspirar a quienes trabajan en la administración pública o a los integrantes de su partido político. Si el aura es la medicina para acabar con el abuso de los recursos públicos, como asegura López Obrador, entonces es muy relevante la integridad de los colaboradores, de los legisladores y de quienes gobernarán en los estados y municipios.

Lo que se observa en Morena (y también en el PAN, en el PRD y en el PRI) es la lógica del pragmatismo de corto plazo: gana hoy y corriges mañana. Invita a quien dé votos aunque carezca de las credenciales de honestidad valiente que predica López Obrador. Por eso Morena se está llenado del mismo perfil de políticos que han corroído a los demás partidos. Hoy muchos de sus cuadros son más de lo mismo.

Ahí está Napoleón Gómez Urrutia, líder sindical señalado por cometer un fraude de 50 millones de dólares contra sus trabajadores y hoy candidato a senador. También Cuauhtémoc Blanco, exfutbolista que habría aceptado un pago de siete millones de pesos para ser candidato de un partido local a la alcaldía de Cuernavaca. Hoy es candidato a gobernador de Morelos.

En esa entidad fue detenido recientemente el candidato de Morena a la alcaldía de Amacuzac, Alfonso Miranda, tras ser acusado de secuestro, homicidio y crimen organizado. De corrupción también ha sido acusado el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia a la gubernatura de Jalisco, Carlos Lomelí. Este candidato, por cierto, ya cuenta con antecedentes penales.

Los señalamientos alcanzan hasta uno de los partidos que integra la coalición que hoy postula a López Obrador. La PGR ha investigado el desvío y lavado de 100 millones de pesos orquestados por algunos de los dirigentes del PT, recursos que presuntamente se utilizaron para financiar campañas ilegalmente.

Con frecuencia, la crítica en contra de la corrupción de miembros de Morena es descalificada porque los otros partidos están peor. Y es cierto. Pero también es cierto que Morena es un partido de cuatro años de existencia y ya está poblando su territorio de personajes sin las credenciales de honestidad y austeridad que su líder demanda. No es un asunto de números absolutos, sino de tendencia: si el partido nuevo es capaz de aceptar cuadros de dudosa calidad en su primera aparición en una elección presidencial, imaginemos cuál puede ser su destino en 10 o 15 años.

La prevención y el castigo de la corrupción es un asunto de políticas públicas adecuadas y de instituciones para contener la voracidad humana: por ejemplo, fiscalías autónomas, ministerios públicos con capacidades de investigación, tecnologías para la fiscalización, entre otras. Y en este rubro, López Obrador también queda a deber. Aunque en su Proyecto de Nación 2018-2024 hay algunas propuestas específicas de combate a la corrupción, el candidato jamás ha expresado ideas concretas en la materia. Por cierto, AMLO dice que ahorrará 500 mil millones de pesos sin dar sustento numérico a sus buenos deseos.

Creo que López Obrador es un creyente y practicante de la frugalidad y de la vida alejada de la suntuosidad. Creo que si es presidente no buscaría enriquecerse para construir mansiones o abrir cuentas en Suiza. Su mayor objetivo es la trascendencia histórica, no su placer material. A la vez creo que su pragmatismo electoral lleva a dejar que sus aliados y operadores políticos “hagan lo que deben hacer”, mientras él voltea la mirada hacia otro lado.

Pero a pesar de esas cualidades monacales, creo que la ingenuidad política de AMLO o su soberbia moral lo llevarán a fracasar en aquella vertiente donde los mexicanos más esperan de él. Su simplismo de que la corrupción está arriba y su creencia en la superioridad moral del pueblo (y la suya propia) podrían hacer naufragar su cruzada moral.

Por cierto, quizá la propuesta más contradictoria e incluso ofensiva es el perdón que haría con la corrupción cometida antes del 1 de diciembre de 2018. Lo ha dicho de forma clara: él no iniciara ninguna investigación por hechos ocurridos antes de su mandato, tan sólo continuará los expedientes ya iniciados.

Si la amnistía en temas de crimen y violencia podría ser justificada en ciertas circunstancias debido al contexto social y cultural de algunos infractores, eso es inadmisible en materia de corrupción política. Es inaceptable perdonar la corrupción ocurrida en este gobierno o en muchos gobiernos estatales en los últimos años. Eso se llama justicia selectiva: perdonar ex ante cualquier acto de corrupción cometido antes de su presidencia. Eso es borrón y cuenta nueva.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.