Opinión

Luchas en lodo

 
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[Cuartoscuro / Archivo]  El voto más caro, 442 pesos, en Quintana Roo; 70 pesos, el de Puebla. 

“La virtud parece ser, antes que nada, el objeto de los trabajos del verdadero político, puesto que lo que éste quiere es hacer a los ciudadanos virtuosos y obedientes a las leyes.” Aristóteles

La fiesta ha comenzado. El proceso electoral está formalmente en marcha y no difiere gran cosa de los vaticinios que sobre el tema se han derramado copiosamente. Contenidos pobres, ausencia de propuestas, denostación mutua y autoelogios colman el espacio mediático en el que, con millonarias reproducciones, seremos bombardeados hasta junio próximo.

La arena política, que idealmente debería ser el espacio para la búsqueda y el logro de las más caras aspiraciones nacionales, es cada vez más semejante al fangoso espacio en que se desarrollan las luchas en barro, donde noctámbulos y etílicos auditorios se sustraen de la realidad mientras se solazan con el pugilismo de vulgares contendientes cubiertos de lodo, que tratan de arrebatar al adversario hasta la última prenda de sus escasos atuendos con estridentes y lascivos comportamientos en los que hasta el árbitro termina hundido en el fango.

El ambiente en que se desenvuelve la actual contienda electoral no dista gran cosa de un espectáculo de tales características, en que todo medio es válido para lograr el fin, sin importar las consecuencias ulteriores, victorias pírricas que, en todo caso, dejan al vencedor tan humillado y aporreado como al vencido, frente a un espectador al que poco interesa quien se levante con el triunfo.

Por desgracia, la práctica democrática que supone la contienda electoral en cualquier nación de aspiración modernista y reformadora, que pretende insertarse en mejores condiciones en un ambiente global, que propugna libertades, transparencia equidad y justicia, ofrece desde su inicio, en el caso mexicano, más bien un espectáculo decadente, con pugilistas famélicos, armados con toneladas del más oscuro y denso barro de que son capaces, como única herramienta para convencer a una sociedad cada vez más escéptica, de sus cualidades frente al oponente.

La oferta política de altura, el discurso elocuente, la promesa cumplida y la honestidad probada de nuestros aspirantes se percibe cada día más lejana. Las mutuas revelaciones públicas sobre actos cuestionables, cuando no evidentemente deshonestos de los candidatos, las relaciones inconvenientes o las comunicaciones comprometedoras, son condición permanente que caracteriza las campañas en los diversos órdenes.

El espionaje, el escándalo, el desmentido y el contraataque sustituyen paulatinamente al argumento, a la propuesta y al compromiso ético. Las más elementales virtudes de la política son relevadas por el más insolente pragmatismo que ofende, con singular cinismo, la conciencia social más primitiva.

Vistas las tendencias estratégicas de la difusión promocional de los partidos que se erigen respectivamente como la mejor opción y habida cuenta de los ingentes costos económicos que representan los inteligentísimos spots, pobre esperanza tenemos de que la orientación se modifique positivamente y que las más excelsas probidades de nuestra clase política se manifiesten para otorgarnos un discurso y ofertas de digna tesitura.

Por lo pronto, tal parece que debemos prepararnos, cual pasivos parroquianos, a observar cómo los combatientes en el cuadrilátero aumentan su beligerancia, a medida que el calor y el nerviosismo se intensifican, desnudándose y bañándose mutuamente en lodo, que más bien parece arena movediza.

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