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22/02/2018
Actualización 22/02/2018 - 13:26

Italia celebrará elecciones nacionales el próximo 4 de marzo. Si la política italiana ha sido un galimatías desde los años 1990, estos comicios serán, parafraseando al ex primer ministro Massimo d’Alema, los más confusos de la historia de ese país. El escenario electoral se ha enrarecido por temas sobre los que se discute ampliamente como la seguridad y la inmigración. Estos temas se han convertido posiblemente en el desafío más importante para todos los países miembros de la Unión Europea y los que ponen en riesgo su viabilidad futura.

Desde diciembre de 2016, Italia tiene un gobierno provisional. El entonces primer ministro Matteo Renzi renunció a su cargo, tras haber perdido el referéndum constitucional de manera contundente. Lo sucedió en el cargo Paolo Gentilioni, su correligionario del Partido Democrático (centro-izquierda). Desde entonces no ha habido un gobierno nacional estable con legitimidad de las urnas.

Una de las peculiaridades de Italia, a diferencia de otros países europeos, es que tienen arraigo fuerzas euroescépticas tanto en la derecha –la Liga Norte de Matteo Salvini– como en la izquierda populista –el Movimiento Cinco Estrellas (M5S) de Beppe Grillo. En los sondeos más recientes se estima que ambas formaciones, ubicadas en las antípodas del espectro político, obtendrían en conjunto 40 por ciento de los votos.

El escenario actual ha galvanizado esta polarización. No sorprende que los programas de ambos partidos coincidan en su diagnóstico y en muchas de sus propuestas. La economía no marcha bien: no se ha recuperado el ritmo de crecimiento anterior a la crisis, se mantienen tasas de desempleo altas y es necesario reformar el sistema bancario. La respuesta han sido políticas de austeridad, impopulares para grupos amplios de la población. Salvini y Grillo han prometido que convocarán a un referéndum vinculante para que Italia se retire de la Zona Euro.

A pesar de lo anterior, el tema prioritario para los italianos es la migración. En los últimos cuatro años han llegado más de 600 mil personas al país. Hoy 31 por ciento de los italianos opinan que la migración es el principal problema del país; según una encuesta del diario La Repubblica, 71 por ciento de los entrevistados consideraron que hay demasiados extranjeros. Este malestar generalizado ha estado aparejado al aumento del racismo, la xenofobia y la violencia contra los migrantes, a los que se acusa de poner en riesgo la estabilidad del país y de integrarse al crimen organizado.

El llamado 'síndrome de Lampedusa' –en referencia a la isla paradigmática de los naufragios– se ha extendido por Italia. Quienes defendieron la compasión con los migrantes en el momento de la crisis –como la exalcaldesa de Lampedusa, Giusi Nicolini– han perdido elecciones y quienes han llegado al poder lo han hecho con programas que tienden a endurecer los controles de extranjeros indocumentados. De la misma manera, las autoridades nacionales italianas –al acusar a sus socios de la Unión Europea de falta de solidaridad– han negociado de manera unilateral acuerdos opacos con milicias libias para frenar el tráfico de personas proveniente de África.

Sorprende que, a pesar de su descrédito, Silvio Berlusconi parece ser el hombre imprescindible en Italia. Como lo fue Santa Anna en nuestro país, en el siglo XIX, en este momento crítico Berlusconi se mantiene como una figura que ordena el sistema político. El ex primer ministro ha entendido el ánimo de buena parte de los electores: ha llegado a sugerir la expulsión de más de medio millón de migrantes.

Hay pocas posibilidades de que en la jornada del 4 de marzo surja una mayoría clara en el Parlamento, si bien las leyes electorales vigentes prevén que el partido (o la coalición) que gane más de 40 por ciento de los votos podría obtener dos terceras partes de los escaños. En los sistemas parlamentarios no hay garantías de lo anterior, los principales partidos dependen casi siempre de los pequeños (algunos de ellos más radicales) para formar gobierno.

El resultado más probable en estas elecciones es el triunfo de los partidos de derecha (de la mano de Berlusconi) y el desplome del Partido Democrático. Este escenario inquieta al resto de los líderes europeos porque su ejemplo podría cundir en otros escenarios. La alternativa –que el M5S se posicione como la primera fuerza del país– también es una fuente de inestabilidad. Ambas opciones –coaliciones con tintes nacionalistas euroescépticos– abren un flanco a la Unión Europea. Sin el Reino Unido, el protagonismo de Italia será mayor en la redefinición del proyecto de integración europeo. Es una mala noticia que este país fundador atraviese por un periodo de confusión, cuando no de retroceso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.