¿Cisma en el Vaticano?
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¿Cisma en el Vaticano?

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¿Cisma en el Vaticano?

06/09/2018
Actualización 06/09/2018 - 4:50

La mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia[PMCA1] […] El perdón no sustituye la justicia.” Estas palabras del papa Benedicto XVI de mayo de 2010 tienen un eco inesperado hoy ante la creciente ola de escándalos de abusos sexuales que cometieron sacerdotes en contra de menores de edad en numerosos países del mundo: de Australia a Irlanda, pasando por Chile, Estados Unidos y México. Las denuncias públicas de estos abusos han sumido al pontificado de Francisco en su crisis más profunda. Al mismo tiempo ha ocurrido un verdadero amotinamiento del sector más conservador de la Iglesia católica, que no se había visto desde la separación de los “lefebvristas”.

La publicación de una carta del arzobispo Carlo Maria Viganò ha tenido un papel decisivo. Su autor, un exnuncio apostólico en Estados Unidos, acusó al Papa y a algunos de sus colaboradores más cercanos de haber encubierto a Theodore McCarrick –excardenal, a quien se le comprobó que había abusado de un adolescente en los años 1970–. En el mismo manifiesto, Viganò pidió la renuncia del Papa, además de criticar que una “red homosexual” rodea a Francisco y tiene cada vez más peso en la Iglesia.

El testimonio controvertido del exnuncio ha provocado una “guerra civil” en la Iglesia entre tradicionalistas y aperturistas, algunos de ellos obispos sudamericanos que apoyan a Francisco. Otros, los jerarcas más conservadores intentan que renuncie por sus simpatías hacia los católicos divorciados y las personas con distintas preferencias sexuales. Frente a los cambios de las sociedades, la jerarquía más reaccionaria se aferra a los principios inmutables de su religión. Por otra parte, los católicos modernizadores critican que el primer Papa latinoamericano no haya sido capaz de realizar los cambios necesarios para poner al día a la Iglesia y ayudarla a recuperar su credibilidad.

De esta manera, la intriga palaciega ha desviado la atención a la forma en que en el pasado se escondían los casos de pederastia, en vez de centrarla en las víctimas de estos crímenes y las sanciones a los agresores. El Papa, que guardó silencio durante semanas, hizo el martes pasado una declaración que atizará el encono al señalar que sólo “el silencio y el rezo” pueden vencer a los “perros salvajes”.

Francisco ha reaccionado en ocasiones con sensibilidad y responsabilidad ante las denuncias, pero ha sido muy lento o incapaz de solucionar el problema. Por una parte, ha sido consistente en pedir perdón a nombre de la Iglesia y en salir al encuentro con las víctimas, por otra ha tenido limitaciones en atender las causas estructurales de los abusos. Lo mostró su viaje a Sudamérica de enero de este año. Primero defendió en Chile al obispo Juan Barros, presunto encubridor y cómplice de Fernando Karadima (agresor paradigmático en Chile como lo fue Marcial Maciel en México). Más tarde abrió una investigación en el país sudamericano, pidió perdón por sus errores en la crisis –con una referencia sin precedente para un Papa de la “cultura del abuso y encubrimiento”–, convocó a los obispos de ese país –algunos de los cuales le presentaron su renuncia– y se reunió con víctimas en la Ciudad del Vaticano.

Un año después de asumir el solio papal, Francisco instituyó la Comisión Pontificia para la Protección de Menores y en una carta apostólica señaló que no toleraría el manejo negligente de los casos de abuso sexual. Sin embargo, desde hace decenios la burocracia vaticana ha sido remisa en el mejor de los casos debido a que tiene conflictos de interés numerosos en su seno. Hasta hace unos años, la actitud de los jerarcas conservadores y liberales había sido encubrir los abusos donde fuera posible. Ahora, el Papa enfatiza que las comunidades religiosas deben mantener una política de tolerancia cero y ha reiterado que el encubrimiento, la negación y el abuso de poder son pecado.

La Iglesia católica debería tomar medidas más drásticas para cerrar este oscuro episodio y para revertir el declive de su autoridad moral. Se esperaría que la Santa Sede reforzara las medidas disciplinarias (como la excomunión contra los sacerdotes agresores), aumentara la transparencia en todas las investigaciones y la colaboración con las autoridades civiles e incluso revisar su posición actual sobre el celibato sacerdotal. Estos cambios serían la mejor protección de Francisco para resistir a los embates de sus detractores.

[PMCA1]La cita textual es la siguiente: La mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, por una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia.

Fuente: http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2010/may/documents/hf_ben-xvi_spe_20100511_portogallo-interview.html

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.