Opinión

Los valores de mercado pueden producir incentivos destructivos

 
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Tim Wu escribió recientemente un artículo interesante en The New Yorker sobre el fenómeno de los escaparates vacantes en vecindarios neoyorquinos en auge, lo cual por coincidencia encaja con una serie de conversaciones que he estado teniendo en la Escuela de Negocios Saïd, en Oxford, donde varias personas están interesadas en la cambiante geografía económica de Londres y sus vínculos con la globalización.

El fenómeno de las tiendas vacías es fascinante, y pide a gritos la elaboración de un modelo, cosa que no haré en este momento. Pero es claro que forma parte de una historia más general de cuando mucho dinero se muda a vecindarios deseables y, de paso, destruye lo que los hace deseables. Y esto, a su vez, me ha puesto a pensar, un poco vagamente, en la relación entre la desigualdad y el urbanismo. No como diatriba -pienso que es un tópico bastante complejo-, sino simplemente como un tema interesante, especialmente si alguien está en el proceso de mudarse a una ciudad grande.

Algunas ideas: primero, en lo que respecta a cosas que mejoran o empeoran la vida urbana, absolutamente no hay motivo alguno para confiar en la mano invisible del mercado. Las economías externas están por doquier en un ambiente urbano.

Después de todo, las economías externas -los beneficios percibidos de estar cerca de otra gente que participa de actividades que generan derrames positivos-, son la causa por la que, para empezar, existen las ciudades. Y eso, a su vez, significa que los valores de mercado pueden producir incentivos destructivos muy fácilmente.

Cuando, por ejemplo, la filial de un banco se apodera del espacio anteriormente ocupado por un negocio muy querido del vecindario, todo mundo podría estar maximizando rendimientos, aunque la desaparición de ese negocio podría llevar a una caída en el tráfico peatonal, contribuir al éxodo de algunas familias (y a su reemplazo por jóvenes banqueros que nunca están en casa) y así por el estilo, en formas que reduzcan el atractivo general de todo el vecindario.

Por otro lado, una afluencia de “yuppies” bien pagados puede ayudar a apoyar la infraestructura esencial de, digamos, cafeterías para “hipsters” (es imposible tener demasiadas cafeterías para “hipsters”), restaurantes de comida étnica y lavanderías, y ayudar a hacer que el vecindario sea mejor para todos.

¿Qué nos dice la historia? Políticamente, me gustaría decir que la desigualdad es mala para el urbanismo. Pero eso está lejos de ser obvio.

Personas adineradas en busca de un poco de ambiente relajado -probablemente del 5 por ciento en lugar del 1 por ciento-, motivó el aburguesamiento y resurrección de núcleos urbanos; al menos en Nueva York, un número importante de inmigrantes esforzados pero de bajos sueldos impulsó la resurrección de vecindarios de distritos externos como Jackson Heights y Brighton Beach.

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