Opinión

Los ridículos de Delcy

    
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Delcy Rodríguez

No existe registro de ningún país autoritario en la historia que lo haya reconocido abiertamente. Dictaduras de izquierda o de derecha, con elecciones simuladas, con un régimen totalitario de partido único, o de plano militares con la única fuerza del rifle y de la bota, se han autodenominado “democráticos”.

Ahí tiene usted al Pinochet chileno o a los militares argentinos; a los severos líderes soviéticos que aparecían en al balcón del mausoleo a Lenin junto a la muralla del Kremlin para presenciar los desfiles militares; o al inolvidable Fidel que conquistaba con la fuerza de su discurso, aunque al que disentía, lo mandaban guardar a prisiones y campos de trabajo.

Los revolucionarios de la historia, poseen ese componente de considerar que “su verdad”, que su visión de los hechos y la sociedad es la correcta, más aún, la única. Así fueron Fidel, Lenin, Chávez y tantos otros que llegan como iluminados a un cargo para transformar a su país y, con frecuencia, rechazan otras posturas, visiones, ideologías, concursos electorales. La tendencia es perpetuarse en el poder, como Ortega en Nicaragua, como Evo en Bolivia, como Correa hasta hace muy poco tiempo y también, como las reformas chavistas en Venezuela.

Delcy Rodríguez, la canciller venezolana, acude a la Asamblea de la OEA en Cancún a emitir una serie de juicios apresurados, acusaciones y su llamada defensa “contra la intervención”. Ella entiende intervención como el pronunciamiento de la Organización de Estados Americanos acerca de la delicada situación de libertades civiles en Venezuela, los presos políticos, la libertad de expresión, la abierta persecución y el grave deterioro de la calidad de vida.

Todos nuestros países latinoamericanos fueron por años, extremadamente cautelosos en fijar posiciones o externar señalamientos en torno a los vecinos, su autoritarismo, su pobreza institucional, su incipiente sistema de justicia, o su abultada y escandalosa corrupción. La razón de fondo era evitar a toda costa ser objeto de los mismos comentarios, puesto que no hay gobierno perfecto ni administración impoluta. Así, con un tácito pacto de silencio, callamos los abusos militaristas de los años 60 y 70´s, para pasar a la era de la deuda aplastante y asfixiante de los años 80´s, a la llegada iluminadora de los dictadores civiles, carismáticos, ególatras, que se corrompieron junto con sus gobiernos, enviando a sus países a crisis inolvidables: Fujimori, Menem, y otros.

Por fin apareció la democracia, la transición pacífica que parecía olvidar o sepultar los golpes y las asonadas militares. Y con ello, llegaron los profetas de una izquierda latinoamericana que se acomodó muy bien en el poder, inició procesos mayúsculos de transformación social y terminó tan cerca de la imposición y el autoritarismo, como los regímenes a los que combatieron.

La desgracia de Venezuela ante el inhumano deterioro de la calidad de vida, la carestía, la persecución a la disidencia, la muerte a decenas de jóvenes que protestan por recuperar su país, se llama Nicolás Maduro. La muerte de Hugo Chávez, el caudillo revolucionario, el líder carismático pero igualmente antidemocrático, colocó a este “platanote” –así le llaman en Caracas a su presidente- en el poder, sin las herramientas, la preparación, la inteligencia para dirigir un proceso político.

La consecuencia, el caos total: el encarcelamiento de opositores, la intolerancia del régimen, el autoritarismo rampante y una articulada y muy caribeña canciller, que defiende una inexistente democracia y acusa -en el colmo del cinismo- de incitar a la violencia desde la propia OEA.
¡Increíble!

La señora Delcy Rodríguez, ante la incapacidad de argumentar razones de derecho internacional, ante el evidente atropello a los derechos humanos en Venezuela, lanza diatribas a los vecinos, al secretario general, al canciller mexicano y para colmo, se levanta de la mesa de negociación, rechaza cualquier argumento, y se va.

¡Vaya desplante!

Twitter: @LKourchenko

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