Opinión

Los pronósticos
del desastre

 
1
 

 

cambio climático

La predicción de grandes calamidades es uno los oficios más antiguos que atrae la atención de cualquiera. A pesar de su recurrencia, la mayoría de las previsiones han resultado fallidas. La principal razón del desacierto ha sido la subestimación del ingenio humano para resolver los problemas.

Las profecías lúgubres son tan antiguas como la humanidad. Un tema central ha sido el fin del mundo, cuya incertidumbre produce fascinación y respeto. Tradicionalmente, las religiones lo han abordado mediante figuras y simbolismos.

Algunas religiones y culturas han estimado fechas para ese suceso, muchas de las cuales ya han trascurrido sin sobresalto. La ciencia no ha estado ajena a ese tipo de cálculos, incorporando desastres como asteroides y cometas que colisionan con la tierra o supervolcanes que destruyen el planeta.

Así, las visiones apocalípticas antiguas han recurrido principalmente a eventos fuera del control humano, que no pueden descartarse. Sin embargo, durante los últimos dos siglos, la forma más socorrida se ha enfocado en la población y su relación con los recursos naturales.
Por lo general, los pronósticos fatales modernos comparten tres peculiaridades. Primera, profesan un severo pesimismo sobre el ser humano y las restricciones de la naturaleza.

Segunda, los males se presentan como muy próximos, lo que conduce a prescribir medidas de emergencia, con la advertencia, en muchos casos, de que cualquier acción será tardía e insuficiente. Un corolario natural es la invocación de un vasto papel del gobierno para enfrentar las desolaciones.

Tercera, la mayoría de los pronósticos ruinosos han probado estar equivocados. Su principal debilidad ha sido su carácter mecánico de extrapolar la situación reciente, con frecuencia diagnosticada de forma exagerada, al futuro. Un elemento notable de omisión es la adaptación e inventiva humanas, difíciles de prever.

En la adivinación de infortunios han intervenido científicos de diversas especialidades, así como aficionados. Las siguientes tres ilustraciones históricas revelan asombrosas similitudes.

En 1798, el clérigo y erudito británico Thomas R. Malthus publicó su Ensayo sobre el Principio de la Población, en el que pronosticaba que la población crecería continuamente más que los alimentos, lo cual llevaría a hambrunas, muertes, y una situación de subsistencia. Identificó como medidas preventivas diferentes formas de control natal. Sus predicciones no se cumplieron, principalmente, por los avances tecnológicos en la agricultura.

De forma semejante, en La Cuestión del Carbón de 1865, el insigne economista inglés William S. Jevons auguró el regreso del Reino Unido a la pobreza, al suponer que el acceso al carbón iba a ser cada vez más difícil. Ello implicaría que la producción de esta materia prima aumentaría menos que la población, hasta paralizar las fábricas. Visualizó como solución la reducción del consumo de carbón. Sus previsiones fallaron, entre otros aspectos, por el advenimiento de fuentes alternativas de energía como el gas natural.

Asimismo, el biólogo estadounidense Paul R. Ehrlich, en su libro La Bomba Poblacional publicado en 1968, aseguró que, en las siguientes dos décadas, se agotaría la mayoría de los recursos naturales. De esta manera, cientos de millones de personas morirían de hambre, incluyendo 65 millones de estadounidenses en la década de 1980.

Sus remedios eran autoritarios y abarcaban impuestos a las familias con más niños, gravámenes a productos infantiles y esterilizaciones masivas. Sus presagios nunca se cumplieron, entre otras razones, por la Revolución Verde que aumentó las variedades de productos agrícolas y, de forma sustancial, la productividad del campo.

Finalmente, desde los años setenta del siglo pasado, se han multiplicado las voces de alarma sobre las implicaciones del calentamiento global, presumiblemente causado por las acciones humanas, en especial, por la emisión de gases que dañan la atmósfera.

Los vaticinios resultantes han sido sombríos, incluyendo la proliferación de terribles sequías para 1995 y la desaparición de la capa de hielo polar en el verano hacia 2013. Virtualmente todas las previsiones sobre el cambio climático han probado estar equivocadas. Sus defensores insisten en que los efectos sólo han sido pospuestos.

Pronosticar cualquier cosa es riesgoso, pero resulta aún más audaz tratándose de cataclismos. Tal vez la mejor lección de la historia para el cambio climático sea que los ejercicios de prognosis deben tomarse con cautela. La innovación humana que abate los riesgos siempre sorprende.

Manuel Sánchez González es exsubgobernador del Banco de México y autor de Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006)

Twitter: @mansanchezgz

También te puede interesar:
​La salida de París
El misterio dorado
¿Por qué México no es un país próspero?