Opinión

Los primeros pasos de la nueva industria petrolera

 
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Pemex

Una de las características más relevantes de la idiosincrasia mexicana tiene que ver con el enorme celo que pervive entre toda su gente, sobre la soberanía territorial y la muy compleja relación histórica que nos ha unido con los Estados Unidos de América. La enseñanza primaria incorpora el doloroso entendimiento de los alcances que tuvo el Tratado Guadalupe Hidalgo firmado por López de Santa Anna, que nos llevaron a perder los territorios de Texas, California, Arizona, Colorado y Nuevo México en 1848.

Es en ese contexto que se comprende la gran relevancia que tuvo la expropiación y la nacionalización de la industria petrolera en 1938 por el Presidente Lázaro Cárdenas, no sólo desde una perspectiva netamente económica, sino como un vehículo de reforzamiento de nuestra identidad, de nuestra soberanía y del poder pleno que la Nación mexicana ejerce sobre su territorio y sus recursos.

PEMEX así, fue concebido y se desarrolló como un brazo del Estado que ha contribuido inigualablemente a definir qué somos como país, mediante la aportación de recursos que se han distribuido e invertido para construir y poner en marcha las grandes obras e instituciones que han servido para formar el extraordinario país que hoy somos.

No puede dejarse de ver, sin embargo, que el desenvolvimiento de la industria más importante de México cayó en inercias que entorpecieron su desarrollo eficiente y que mermaron su sustentabilidad financiera, condiciones que, además, colisionaron con circunstancias históricas que exigen una dirección inteligente y eficaz de la administración de las finanzas públicas, para dar respuesta a reclamos sociales que son propios de una sociedad mexicana que cuantitativamente explotó durante los últimos cuarenta años.

Esos antecedentes nos permiten entender la importancia que tiene la revaloración de la industria petrolera nacional y la inaplazable necesidad de redireccionar las actividades de PEMEX, para hacer de dicha empresa una actividad verdaderamente productiva del Estado y lograr a través de la justa explotación de nuestros recursos una labor que beneficie a una cierta mayoría de mexicanos, siempre a través de la maximización de ganancias y su correcta distribución para la construcción de obras y servicios que le sirvan a todos, y siempre primero a los que más lo necesitan.

En la víspera de la primera licitación a través de la cual los particulares participarán en la realización de actividades de exploración y explotación de hidrocarburos que a lo largo de los últimos setenta años han correspondido a un organismo del Estado en forma exclusiva, no deja de llamar la atención la irracional suspicacia que provoca la concurrencia de más de una veintena de sociedades mercantiles, mexicanas y extranjeras, todas del sector privado. No serán pocos los que vean en ello una traición a nuestra historia y a la soberanía nacional.

Con la enorme carga de sensibilidad y pasión que el debate sobre este tema puede traer aparejado, no podemos sino expresar un punto de vista que es concurrente con el sentido de la votación que ha permitido la materialización de la transformación que estamos viviendo. La soberanía nacional sólo puede entenderse en la medida en que todos los mexicanos tengamos los satisfactores mínimos que nos permitan vivir con dignidad, y en ese propósito, la explotación de nuestros recursos debe ser la más eficiente posible para producir un máximo rendimiento que se aplique a la construcción de infraestructura que beneficie a todas las generaciones que vengan.

La reforma constitucional en el ramo energético y las leyes secundarias que la concretan, se ocupa de mirar porque la competencia efectiva en el mercado de los hidrocarburos produzca el mayor nivel de productividad y ganancias posibles para el país, y se fija en la creación de un fondo que administrará el Banco de México, que asegurará el destino más justo que los recursos del petróleo puedan tener para combatir la desigualdad entre compatriotas.

No podemos dejar de ver, en la reforma petrolera, un espíritu y una intención que supera con creces los desatinos de administraciones pasadas, en las que habiéndose beneficiado de una era de bonanza petrolera, con precios exorbitantes y extraordinarios del crudo en los mercados internacionales, las ganancias se destinaron a la compra y subvención de las gasolinas y al engrosamiento de la nómina gubernamental. Una industria muy soberana, que no hizo sino beneficiar inequitativamente a unos cuantos.

Twitter:@Cuellar_Steffan

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