Opinión

Los premios vilipendiados

10 abril 2013 11:50

 
Cuando Fernando Benítez se acercó a los pueblos apartados de la gran urbe para poder escribir sus tomos acerca de los indios en México no lo hizo, como muchos suponen, a pie sino incluso llegaba en helicóptero con el consecuente espanto de los humildes pobladores. Por supuesto no fue un periodista de los de a pie, como se los denomina hoy a quienes están más cerca de la gente que de los distintos poderes oficiales, como lo estaba Benítez.
 
Que varios autores han realizado reportajes sobre acontecimientos multitudinarios no significa, en lo absoluto, que hayan sido, o que lo sean, periodistas de a pie, sino incluso pudieron haber sido, o aún lo son, oportunistas, que es algo muy distinto a los que de veras se introducen con la gente del pueblo sin temor a ser pisoteados. Allí están esos jóvenes del YoSoy132 que, supuestamente estando en contra de las políticas de las televisoras abiertas, de inmediato supieron aprovechar la coyuntura para aceptar ser contratados como locutores en la industria mediática, esa misma contra la que decían estar luchando. ¿Periodistas de a pie los estudiantes hashtagueros que se decían indignados con las corrientes manipuladoras de la información electrónica? Nones. Sino arribismo puro.
 
Es sabido que cuando Julio Scherer García recibió el Primer Premio [Alternativo] de Periodismo Nacional -en los 80 del siglo XX-, convocado por diversas universidades, con premura se lo apropió para, desde su poder, galardonar a sus amistades, hasta que hizo desaparecer tal trofeo porque las propias academias se percataron de que su dinero estaba siendo repartido de manera unilateralista.
 
Así es: el periodista que se dice de a pie actuó de modo pragmático para llevar a su molino los beneficios que le producían su aparente actitud democrática. Es como esa declaración pronunciada una y otra vez, una y otra vez, hasta el cansancio, por los galardonados para justificar el cheque que ponía en sus manos el gobierno federal, cuando esta entidad los entregaba: "Si ya lo obtuvo Carlos Monsiváis, ¿por qué yo no habría de recibirlo?" Porque el aludido era una muestra irreprochable de periodista de a pie, aunque se haya sabido que asesoró a mandatarios, recibía becas priistas, estaba en la nómina de Televisa, decidía a quién el Estado debía o no recompensar, etcétera.
 
Ahora mismo yo conozco a decenas de periodistas intitulados "de a pie" que, en realidad, no lo son, y en este momento están planeando, y a lo mejor les sale, cómo obtener dinero de la politiquería nacional para continuar fortaleciendo sus prestigios y sus carismas. Que de algo les sirva, pues, tales características que se han esculpido con indomeñable meticulosidad. Articulan con diligencia los guiones que les han escrito para maniatar con solvencia su autonomía.
 
Ahora que la UNAM ha dejado de presidir el Premio [ciudadanizado, aunque nadie sabe cuándo esa palabra, de corte elegantemente pluralista, se coló en los rigores informativos] Nacional de Periodismo, cuya reunión para deshacerse de esta consejería se efectuó el pasado lunes, no se sabe qué ocurrirá (si bien se dice que el gafete fue tomado por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco) con este vilipendiado galardón, pues de lo único que se tiene certeza es que, a pesar de que participan en él decenas de respetadas universidades, no todas ellas desembolsan el dinero acordado, con lo que evidentemente exhiben, con prontitud, el cobre que las institucionaliza. Porque con ello muestran su desinterés, su indiferencia, incluso su desprecio, por el gremio informativo; de allí la diminuta aportación compensatoria para los periodistas que piden, que prácticamente exigen, su premio: sólo 50 mil pesos, cuando el gobierno federal embutía en los bolsillos de los periodistas esa misma cantidad multiplicada por cinco, razón por la cual casi ninguno se atrevía a rechazarlo: caray, si ya lo obtuvo Carlos Monsiváis, ¿por qué no habrían de aceptarlo todos los otros que lo han pedido mediante una burocrática solicitud?
 
¿Por qué esa irresponsabilidad adentro de las academias, cuando internamente, y esto también se sabe, hay movimientos ilícitos, corruptelas, manutención de compadrazgos? Es como la Universidad de Guadalajara, dispuestísima a soltar millones de pesos en viáticos para autores extranjeros y para su premio central, aunque sea entregado a personalidades sospechosas e indignas, pero incapaz de otorgar un peso al rubro de la prensa cultural. Por eso justamente acaba de cambiar la dirección de su Feria Internacional del Libro, por toda esa cauda de irregularidades económicas que carga consigo, y que avergüenza al circuito universitario.
 
¿Qué va a suceder, entonces, con ese Premio Nacional de Periodismo, catalogado como "ciudadano", que de ciudadano nada tiene, porque la ciudadanía está tan ajena a él como la educación en los líderes magisteriales? Nada. Absolutamente nada. Porque es un premio al que a nadie le importa, académicamente hablando. Que vaya ahora a las manos de autoridades de la Universidad Autónoma de Nuevo León o del Instituto Politécnico Nacional o del recinto tabasqueño no quiere decir nada, porque de muchos modos, como todos los premios en el país, está totalmente desprestigiado.
 
Por eso, al cuestionamiento de Daniel Cisneros sobre el descrédito que obtuvo el Premio Villaurrutia por habérselo querido otorgar a Sealtiel Alatriste, la poeta Myriam Moscona, la galardonada 2012, responde, seguramente con hartura: "Me pregunto cuánto tiempo más va a ser un tema"- Y, bueno, querida Myriam, lo va a ser -debe serlo- mientras este tipo de premios sean públicos y no transparentes.
 
Y así con todos los premios, como el pobre (por desolado, apocado, rebajado, disminuido, oscurecido, marginado) entregado a los periodistas. En un futuro próximo, quizás, estos galardones se van a dar nada más a los periodistas de a pie que los pidan... siempre tan prestos al activismo, a firmar el primer desplegado rebelde aparecido en las redes sociales-, aunque no lo sean (de a pie), tal como ahora se premia, por ejemplo, en música a cantantes que no cantan o se presentan libros en la FIL de Guadalajara de escritores que no lo son, tal como ocurre en la vida misma: miramos en la televisión a periodistas que no lo son, a actores que no lo son, tenemos políticos que no lo son, futbolistas que no juegan bien, policías que no lo son, servidores públicos que no atienden al público...
 
Y me temo, gulp, que incluso a veces amamos a amores que no lo son.