Opinión

Los motivos de Obama

SYRACUSE, EU.–– Gustavo, oriundo de Acapulco, llegó a California a los 22 años. Allí hizo su vida. Se casó con una salvadoreña con la que tuvo dos niñas, “las joyas de mi vida”, me confió. Como todas las mañanas, Gustavo salía al amanecer a trabajar y en una ocasión paró en un Seven-Eleven a comprar cigarrillos. Cuando sacaba las monedas para pagar se dio cuenta que atrás de él estaba un policía. Se puso tan nervioso que tiró las monedas al piso y su sueño americano se convirtió en una pesadilla. Gustavo, a sus 48 años, fue deportado.

El año pasado visité el albergue Casa del Migrante en Tijuana fundado por el padre Flor María Rigoni, de la Orden de los Scalabrini. Había visitado el albergue 10 años antes. Éste no cambió: una posada digna y limpia para migrantes con un patio techado al centro. Lo que sí cambió entre 2003 y 2013 fueron los migrantes —su edad y actitud. En 2003 encontré un albergue lleno de varones jóvenes optimistas que en los próximos días intentarían iniciar una mejor vida cruzando al norte. En 2013 el albergue seguía estando lleno de varones, pero de edad parecida a la de Gustavo, entre los 45 y 60 años de edad. Todos con la tristeza reflejada en el rostro; habían sufrido la misma suerte de Gustavo: la deportación. “No tengo a nadie en Acapulco. Cueste lo que cueste regresaré a Los Ángeles, allí está mi familia y mi vida”, fueron las palabras con que me despidió Gustavo.

Estoy convencido de que hay cinco millones de familias de migrantes en Estados Unidos durmiendo mejor desde que Obama anunció las medidas migratorias el 20 de noviembre. La esencia del anuncio es evitar que los padres como Gustavo sean separados de sus familias. Ahora, podrán quedarse e incluso trabajar sin riesgo a ser deportados, gracias a un paquete de medidas dispuestas por la administración demócrata, especialmente el alivio para padres de ciudadanos y residentes conocido por las siglas DAPA.

Barack Obama utilizó a fondo su discreción ejecutiva por dos principales motivos: uno político, el otro personal.

El político es asegurar que los electores latinos apoyen al Partido Demócrata en la elección a la Casa Blanca en 2016. Y seguramente lo logrará. En 2012, justo de cara a la elección presidencial, Obama anunció la medida conocida como acción diferida (DACA) que beneficiaría a los jóvenes soñadores, es decir, a quienes fueron llevados a Estados Unidos en la infancia. La medida fue suficiente para energizar a un electorado latino que se sentía defraudado, pues Obama no había cumplido su promesa de campaña: una reforma migratoria. La acción diferida está en la base de un incremento sustantivo en el porcentaje de latinos que votaron por Obama —del 67 por ciento en 2008 a 71 por ciento en 2012.

Con sus nuevas medidas, Obama puso a los republicanos contra las cuerdas. ¿Cómo responderle al presidente sin alienar aún más al elector latino? Los republicanos están divididos: los pragmáticos desean castigar a Obama pero evitar medidas que los afecten electoralmente; los conservadores con tal de castigar a Obama están dispuestos a cerrar el gobierno no aprobando el presupuesto, lo cual dejaría sin fondos para operar al Departamento de Seguridad Interna que instrumentará la medida (si bien, como sucedió con DACA, el costo de cada trámite en lo particular será pagado por el propio solicitante).

Obama no quiere pasar a la historia como el “deportador en jefe,” mote que se había ganado por deportar a más de dos millones de personas desde su toma de posesión en enero de 2009. Obama sabe que se la debía a los migrantes. Como asesor de política exterior del presidente Calderón tuve ocasión de constatar el sentimiento de Obama. Justo dos días después de haber sido electo presidente por primera ocasión, el 6 de noviembre de 2008, Calderón llamó para felicitarlo; Obama le agradeció la llamada y le dijo –haré todo lo posible por visitar México muy pronto para agradecerle a los mexicanos, pues son ellos los que me han llevado a la Casa Blanca, en alusión al elector méxicano-estadounidense.

Obama tardó mucho en aprender a lidiar con sus enemigos en el Capitolio. Finalmente lo está logrando. Ya no concilió. Al imponer su voluntad con la discreción que le otorga la presidencia ganó doble: respaldo político y legado humanitario.