Opinión

Los ministros y el futuro

    
1
 

    

IFT

La reforma de telecomunicaciones ha sido muy exitosa. Hay, por fin, competencia en el sector y, gracias a ello, precios más bajos. Indudablemente ese mercado sigue rezagado frente a otros países, pero los avances son indiscutibles. La esencia del cambio ha sido obligar a una empresa casi monopólica a competir. Para ello, no era suficiente aplicar medidas normales, sino que el Congreso decidió crear un nuevo concepto, empresa preponderante, y aplicarle medidas extraordinarias. Precisamente por el carácter extraordinario de las medidas, en lugar de asignarlas al Instituto de Telecomunicaciones (IFT) o en otros mercados a la Comisión de Competencia, los legisladores las establecieron por ley.

Ahora, la empresa casi monopólica se defiende diciendo que esa ley invade las atribuciones del IFT. Es un intento legalista de regresar al pasado en el que esa empresa impedía la competencia, con lo que podía obtener ganancias extraordinarias que alguna vez estimé en un dólar diario por celular: 70 millones de dólares diarios, gracias al poder de mercado.

Eso es mucho dinero, como usted puede imaginar, y nadie quiere perderlo. El dueño de esa empresa (y muchas otras), el ingeniero Carlos Slim, arrancó este sexenio con 75 mil millones de dólares de riqueza, según estimaba Forbes, y debe andar ahora por los 50 mil. Imagino que perder 25 mil millones de dólares en cuatro años debe ser molesto. Nosotros, los usuarios de telecomunicaciones, perdimos más en los 20 años previos a la reforma.

El pleito legal está ya en la Suprema Corte, que debe decidir en estos días. Imagino que la presión a los ministros debe ser importante porque, como ve, hablamos de miles de millones de dólares. Tal vez alguno esté pensando en respaldar el tecnicismo legal para no enemistarse con el hombre más rico de México, pero estaría cometiendo un grave daño al país.

No es sólo que darle la razón al casi monopolio implica costos para todos los usuarios, sino que representaría una evidencia clara de que las leyes en México se hacen para los cuates. Si al cuate no le gusta, pues se cambia y ya. Pero esto molesta a los inversionistas extranjeros. No quiero decir que las empresas extranjeras sean impolutas, pero hay una diferencia sustancial en comportamiento. Precisamente por ello el Tratado de Libre Comercio ha tenido un efecto tan importante: ha ido convirtiendo a los millonarios mexicanos en empresarios de verdad. No a todos, ni rápidamente, pero el efecto es evidente.

Si la Suprema Corte revierte la decisión del Congreso, no sólo las empresas extranjeras que han traído miles de millones de dólares a invertir en telecomunicaciones se llamarán a sorpresa. Lo mismo ocurrirá con quienes invierten hoy en la también exitosa reforma energética. ¿Con qué confianza puedes traer dinero a México si las leyes pueden modificarse arbitrariamente, y a favor de los cuates?

Me parece importante insistir en el tema, porque el reclamo de la empresa casi monopólica no tiene sustento económico o financiero, nada que ver con productividad o eficiencia tecnológica. Es tratar de forzar una interpretación legal para que, con base en un tecnicismo, pueda cobrar unos pocos miles de millones de dólares por el tiempo ya transcurrido, y otros miles de millones de dólares más a futuro. Dinero que, al final, saldrá del bolsillo de usted, del mío y del resto de los usuarios. Como siempre en estos casos, una parte la pagaremos en efectivo y otra en un servicio ineficiente. Así son los monopolios. O casi monopolios, como el de referencia.

Hace cien años, Teodoro Roosevelt construyó a la nación más exitosa del siglo XX, precisamente enfrentando a los monopolios. El éxito de México en el siglo XXI depende de eso mismo. Sería monstruoso que un ministro de la Corte lo impidiera porque siente mucha presión.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

También te puede interesar:
Rentistas, a la defensiva
Los cuates y la trampa
El fin a la vista