Opinión

Los marginados

 
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Marginación. (Sinagogas Bet Haderej)

Cuando se utiliza el concepto de 'marginación', se hace referencia a aquellos segmentos de la sociedad que por diversas razones quedan aislados de los beneficios que otros reciben a partir de una riqueza que se genera, pero que no llega a beneficiar de manera alguna a grupos sociales carentes de lo mínimo necesario para tener una vida digna.

Durante largo tiempo se trató a estos desposeídos como el potencial para el cambio revolucionario, a través de movimientos violentos que supuestamente transformarían la realidad trasladándoles parte o la totalidad de la riqueza producida. Nada de esto sucedió. Las grandes revoluciones produjeron millones de muertos, pero no el bienestar de aquellos a los que se pretendía beneficiar.

Con el fin de los regímenes comunistas, el proceso de globalización fue generando una mayor cantidad de riqueza producto del libre comercio y de la reorganización y modernización vertiginosa de las fuentes de trabajo a través de la tecnología de punta y la utilización exitosa de las ventajas comparativas. En este escenario, millones de esos marginados comenzaron a tener acceso tanto a alimentos como a satisfactores de entretenimiento y educación como televisores, teléfonos e incluso internet, en un abaratamiento de ciertos bienes y servicios que por sí mismos elevaron su calidad de vida. Por supuesto que esto no implica en automático la disminución radical de la pobreza y la miseria, pero sí la redefinición de los indicadores que definen esta condición.

Pero son precisamente aquellos sectores que se siguen percibiendo como injustamente tratados por este modelo de libre comercio globalizador, los que han iniciado la revuelta en contra de lo que consideran un abuso por parte de los que transformaron la forma de generar mayor riqueza. Este discurso nacionalista, proteccionista y excluyente tiene peculiaridades propias dependiendo el país donde se genere. En Europa y Estados Unidos manejan la xenofobia, el peligro del islam en su conjunto, y por supuesto la reconstrucción de la soberanía nacional como aquellos factores que ayudarían a los marginados a incorporarse a los beneficios del crecimiento.

En Latinoamérica, el discurso de los defensores de los marginados se sustenta en una vieja ideología acendrada en el continente y conocida como populismo y cuyas raíces parten de esa percepción de que la confrontación entre pobres y ricos debe ser regulada por el Estado para que éste pueda sustraer parte de la renta de los poseedores para transferirla a los desposeídos. Todas las experiencias populistas terminaron en el fracaso y empobrecimiento de aquellos a los que se pretendía beneficiar.

La paradoja de la propuesta proteccionista-populista de vuelta al pasado es que, en su intento de revertir la apertura-globalización porque considera a ésta como causante de todas las desgracias, olvida que la creación de riqueza y la elevación de las condiciones de vida de importantes segmentos sociales se debe fundamentalmente a la libre circulación de capitales, mercancías, servicios e incluso mano de obra, que junto con la revolución tecnológica hicieron pedazos fronteras y también transformaron la estructura de producción del mundo entero.

Por supuesto que sectores tradicionales ligados a las viejas formas de producir se han visto fuertemente afectados por esta realidad y no han podido ser incorporados a la nueva. Pero suponer que un retorno al pasado y a las viejas formas de organización productivas solucionarán el problema, es una fantasía propia de demagogos y líderes ajenos a la realidad. La marginación se resuelve con mayor crecimiento e integración a las líneas productivas, con educación vinculada a éstas y con la pluralidad propia de sociedades abiertas y tolerantes. Desgraciadamente vamos en la línea opuesta a esta tendencia.

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