Opinión

Los jesuitas; supresión y restauración

 
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El crucifijo fue diseñado por el jesuita Luis Espinal, asesinado en 1980. (Reuters)


Por Víctor Manuel Pérez Valera.

Acaba de celebrarse el 19 de mayo del presente año el bicentenario de la restauración de los jesuitas en México. En 1767 se expulsaron todos los jesuitas de la Nueva España. La Pragmática sanción del 2 de abril de 1767 se hizo extensiva a las “Indias” y Filipinas: “Os revisto de toda mi autoridad y de todo mi real poder para que inmediatamente os dirijáis a mano armada a las casas de los jesuitas. Os apoderéis de todas sus personas y los remitáis como prisioneros al puerto de Veracruz… si después de la ejecución quedase en ese distrito un solo jesuita, aunque enfermo o moribundo, seréis castigados con pena de la vida. Yo el Rey.

Carlos III no dio ninguna razón de la expulsión, lo hizo “por razones que guardaba en su real pecho”.

Al enterarse de esto el Papa Clemente XIII se echó a llorar. Le escribió al monarca: “¿Tú también hijo mío…, Rey católico… habrías de ser el que colmara el cáliz de nuestra amargura y empujara al sepulcro nuestra ancianidad llena de lágrimas y dolor?... La Santa Iglesia no puede ver sin lágrimas la destrucción de un Instituto que en todo tiempo ha producido frutos espléndidos”. Al final del Breve Inter Acerbisima le pido al Rey renovar el decreto. Carlos III le respondió que no podía dar un paso atrás.

La ejecución en la casa profesa de la ciudad de México fue despiadada.

Para intimar el decreto a dicha casa se designó al decano de la real Audiencia D. Domingo Valcárcel, hombre recto e íntegro, que no sólo elogió a los jesuitas, sino adujo varias leyes que impedían la ejecución de tan injusto decreto. El virrey Marques de Croix, ignorante del derecho, le impuso allí mismo arrestó, y pena de vida. El decreto se intimó a las 4 de la mañana. ¿Por qué tanta saña contra la Compañía de Jesús?

Ludovico Pastor, el gran historiador de los Papas señaló que la campaña “no se dirigía en primera línea contra la Compañía, antes bien el ataque iba dirigido ante todo y sobre todo contra el pontificado”. Lo paradójico fue que el 16 de agosto de 1773 el Papa Clemente XIV con el breve Dominus ac Redemptor suprimió la Compañía de Jesús. Lo que más les dolió a los jesuitas no fue la supresión, sino el desamparo de la Iglesia: en 1773 Clemente XIV acuñó una moneda conmemorativa con su efigie en un lado y la de Jesucristo en el otro que decía a los jesuitas: “Nunca los conocí: aléjense de mi todos ustedes. Erradíquese a la Compañía de Jesús de la memoria”.

A la paradoja de la supresión sobrevino otra paradoja: la Compañía sobrevivió en Rusia. La emperatriz Catalina II, prusiana que se convirtió en regente de Rusia y que no era católica, admitió a los jesuitas en sus dominios. El nuevo Papa Pio VI consultado por la zarina le dijo que no le molestaba que los jesuitas sobrevivieran en Rusia. La restauración pública y oficial de los jesuitas en Rusia se dio por un breve del nuevo Papa Pio VII publicado el 7 de marzo de 1801, tres años más tarde el mismo Pio VII a petición del rey Fernando IV restableció a la Compañía en Nápoles y Sicilia por el breve Per alias. Finalmente la Bula de restauración de la Compañía de Jesús en todo el mundo la firmo Pio VII el 7 de agosto de 1814. El nuevo general de los jesuitas Brzozowski en carta de agradecimiento al pontífice le ofreció un generoso ramillete espiritual, el Papa contestó elogiando a la Compañía y animando a todos sus miembros con cariñosas expresiones.

En la Nueva España la expulsión de los jesuitas dejó desamparadas las misiones del Noroeste, que después fueron presa fácil para la expansión de los vecinos del norte. La educación también sufrió grave deterioro: se cerraron más de 20 colegios gratuitos. El disgusto popular por la expulsión creo tal animadversión al gobierno español que algunos historiadores ven en la expulsión una de las causas que provocaron la independencia.

De los 700 jesuitas expulsados quedaban todavía más de 40 cuando el Papa Pio VII restableció la Compañía. Como la mitad de esos exjesuitas reingresaron a la Compañía y murieron en ella: 5 reingresaron a la provincia de España, 12 reingresaron en Italia, sólo 6 volvieron a México. El P. José María Castañiza fue el alma de la restauración. Al acto solemne de la restauración asistieron el virrey Calleja, el arzobispo Fonte y una gran muchedumbre. El 2 de junio se inició el noviciado en el piso superior del colegio en San Ildefonso. Ingresaron 9 novicios: tres sacerdotes y el rector de la Universidad. Así comenzó la Compañía restaurada: no faltaron conflictos, se vivía de nuevo bajo “la bandera de la cruz”.

El autor es profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

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