Opinión

Los guerreros de Dios

 
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ME EgyptAir (Especial)

No hay pruebas concluyentes, pero sí fuertes indicios de que el terrorismo islámico haya sido el responsable de las explosiones en el vuelo de Egypt Air de París a El Cairo que costaron la vida de 66 personas.

Apenas unas cuantas semanas separan un acto terrorista del siguiente. Comienzan a formar parte de nuestro horizonte diario, como la muerte cotidiana por accidentes de tráfico. Y así seguirá porque el terrorismo islámico no es un movimiento político, “no plantea ningún tipo de reclamaciones negociables”. Su meta explícita es que “la mayoría de los habitantes del planeta, conformada por infieles y renegados, se rinda o sea exterminada”.

Ese deseo, sin embargo, no se puede cumplir. Lo que sí va a pasar es que el terrorismo empeore las perspectivas de futuro de los países árabes, “de por sí bastante malas”. Se trata de estados parásitos, estados petroleros, que viven de sus rentas. “Sin los ingresos del crudo, los resultados económicos de todo el mundo árabe tendrían hoy menos peso que los de un solo grupo telefónico finlandés”, afirma Hans Magnus Enzensberger en su más reciente libro Ensayos sobre las discordias (Anagrama, 2016).

En lo que se refiere a libertades políticas, los Estados árabes ocupan el último lugar de todas las regiones mundiales”, incluida la África subsahariana, y “lo mismo vale para la economía”. La cifra de libros impresos en el mundo árabe es del 0.8% de la población mundial. El número de traducciones en los últimos mil 200 años equivale a lo que se traduce en un año en España. Una de cada dos mujeres no sabe leer ni escribir.

Cuándo comenzó el declive del que fue uno de los grandes imperios del planeta es cosa que los especialistas debaten. En 400 años no han logrado ni un solo invento que sea digno de mención. “La primera imprenta –informa Enzensberger– con capacidad de producir libros en árabe se fundó con retraso de tres siglos”. Se consideraba blasfemo que aparte del Corán hubiera otros libros. Enzensberger propone como hipótesis plausible “el que la discriminación de la mujer, junto con los déficits de la cultura intelectual, son los principales culpables del atraso de las sociedades árabes”.

Esta postración debe vivirse como una experiencia dolorosa, después de todo, “¿no había prometido un poder superior a los musulmanes árabes la supremacía sobre todas las demás sociedades?” Dice el Corán: “Sois la mejor comunidad que jamás haya existido” (3/111). Lo cual choca con su gran debilidad. “Esto da origen –especula Enzensberger– a una herida narcisista que reclama alguna compensación”. En este caso, como en tantos, el chivo expiatorio es el mundo exterior, cuyo único propósito es el de humillar a los musulmanes árabes.

En Ensayos sobre las discordias Enzensberger reúne tres breves y sustanciales libros: La gran migración (1992), Perspectivas de guerra civil (1993) y El perdedor radical (2015). En este último libro examina el terrorismo islámico.

Los jefes e ideólogos del terror provienen en su mayoría de familias influyentes y acomodadas. Cita Enzensberger un estudio que analiza a 400 militantes de Al Qaeda: 63 por ciento estudió bachillerato, 75 por ciento proviene de clases medias o altas. Entre los reclutados en Occidente, la mayor parte provienen del ámbito universitario.

La ideología del islamismo radical es la máscara del perdedor. Amalgama motivaciones religiosas, políticas y sociales. “El Corán ha suplantado a Marx, Lenin y Mao (…) el Partido ha sido reemplazado por una ramificada red conspiratoria de guerreros islámicos”. A los guerreros de Dios los favorece la dependencia que Occidente tiene del petróleo, “y la incapacidad del capital internacional de renunciar a negocios” con esos países.

El sistema capitalista implica una cuota creciente de desplazados y perdedores, que serán pasto de ideologías extremas. “La ideología del islamismo representa un medio perfecto para movilizar al perdedor radical”, señala Enzensberger, quien aclara: “no todos los musulmanes son árabes, no todos los árabes son perdedores, y no todos los perdedores son radicales”.

Los guerreros de Dios tienen poderosos intereses financieros a sus espaldas. Cuentan con una ideología machista y resentida que los reivindica de sus fracasos en el mundo, y con la atención desmedida de los medios globales de comunicación. Al ser sus atentados sobre todo una puesta en escena, son parte ya de la cultura del espectáculo. Tener que soportar a cada paso el atraso de la civilización propia se vuelve insoportable. Por ello optan por el terrorismo suicida, la forma más pura del terror islámico, y la más barata. Su recurrencia es inevitable. Forma parte, tristemente, del paisaje de nuestro tiempo.

Twitter:@Fernandogr

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