Opinión

Los fantasmas inclasificables de Guillermo del Toro

 
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La cumbre escarlata.

Guillermo del Toro siempre ha sido un cineasta difícil de clasificar. No sabemos en qué estante acomodarlo. ¿Horror? ¿Fantasía? Los géneros le quedan cortos. A primera vista, sólo sus temas son evidentes. Su obra registra el contraste entre la crueldad y la inocencia, a través de personajes que ocupan ambos extremos –el sicópata Vidal (Sergi López) y la enternecedora Ofelia (Ivana Baquero), en El laberinto del fauno; Edith (Mia Wasikowska), la mariposa, y Lucille (Jessica Chastain), la polilla, en Crimson Peak–, pero también explora esa pugna dentro del corazón de sus protagonistas. Hellboy, por ejemplo, es un demonio que debe elegir entre la compasión humana o su origen perverso. Desde Cronos, Del Toro ha armado un álbum variopinto del mundo sobrenatural. Al igual que su cine, sus espíritus y criaturas resisten clasificaciones sencillas. Son almas en pena, seres con una agenda inconclusa, recuerdos enquistados, presas de su espacio, y entes incomprendidos (los monstruos son de carne y hueso).

En las películas de Del Toro, los fantasmas, como dice Edith al principio de Crimson Peak, son metáforas. Yo añadiría: guiños temáticos, caballos de Troya y manifestaciones del entorno que los rodea. En El espinazo del diablo comparten espacio Santi, un espectro trágico, y un monstruo humano, llamado Jacinto. A pesar de la presencia de ambos, ésta no es una película de horror. A través de las figuras opuestas de Jacinto y Santi, El espinazo del diablo narra una historia sobre la vileza que la guerra engendra y la pérdida de inocencia que propicia.

Ambos temas vuelven a aparecer en El laberinto del fauno, de nuevo con la Guerra Civil española como trasfondo. No sorprende que Del Toro admire El espíritu de la colmena, quizás la cinta clave sobre la España de Franco, y la niñez que, como una flor en el desierto, apenas sobrevive en ese clima de desahucio. El laberinto del fauno está llena de entresijos que permiten lecturas múltiples. La fantasía es una metáfora. ¿De qué? Eso es tarea del espectador. Además de la oposición entre la pureza y la maldad, la guerra y la nobleza, la obra maestra de Del Toro aborda el fin de la infancia, sustentada en una simbología sexual persistente y bella que recorre las fantasías de Ofelia. Pero, vaya: ésa es solo mi lectura.

La cumbre escalrata
Año: 2015
Director: Guillermo del Toro
País: Estados Unidos
Productores: Thomas Tull, Jon Jashni, Callum Greene y Guillermo del Toro
Duración: 1 hora y 59 minutos

Crimson Peak tiene esa misma profundidad. No tengo nada que añadir a lo que se ha escrito sobre la sensorialidad avasallante de su atmósfera gótica. Lo cierto es que Del Toro vuelve a filtrar diversos géneros y registros por el tamiz de su mundo fantasmal.

Crimson Peak narra el fin de otra inocencia, en un contexto tan específico y necesario para entender la historia como la Guerra Civil española fue para El laberinto del fauno. De nueva cuenta, Del Toro pondera la sustancia del espectro. ¿De qué están compuestos, qué son, dónde están? En El espinazo del diablo, el gran Federico Luppi nos dijo que un fantasma es “un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez”, mientras una bomba se escapaba de la compuerta de un avión, cayendo inexorable hacia la tierra. En Crimson Peak, el fantasma no es la guerra, sino un luto, un corazón roto, un secreto, un crimen, un romance trunco. Los espíritus viven anclados dentro y fuera de la piel. Son lo que fuimos y dejamos. El fantasma, repite Del Toro, somos nosotros.

Twitter:@dkrauze156

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