Opinión

Los escombros que se mueven

     
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San Miguel Tecuanipa, Puebla. 19S (Mauricio Mejía)

Aquí en San Miguel Tecuanipa, Puebla, el terremoto del 19S fue una golondrina que olvidó el verano. Una anécdota. Un testimonio macabro para las siguientes generaciones. Pero no fue nada, acaso un paseo rústico de la muerte. Aquí la muerte es lo único vivo. La muerte en vida, aquí, pertenece a los usos y costumbres de una comunidad alejada, desprotegida y hambrienta. El pan cotidiano en San Miguel Tecuanipa es el ayuno, el largo ayuno.

Por aquí no pasó la Revolución. Ni la Utopía. Ni el progreso. Aquí, en San Miguel Tecuanipa, no se conocen la ilustración, la equidad o la justa distribución del ingreso. El temblor ha hecho, eso sí, que México miré por primera vez estos poblados que viven descampados desde siempre. Llueve, pasan de la una de la tarde de un domingo que puede ser lunes, martes o viernes; el olvido no tiene usa reloj de pulsera. La distancia entre Puebla y San Miguel se mide en estrechos carriles de un falso pavimento que no ha sido recubierto desde nunca. Son 50 kilómetros. Pero en el tiempo, esa falacia, son decenas de años; un siglo, cuando menos.

En Ciudad de México el calendario civil se cuenta con desgracias, 1985-2017. Y los movimientos telúricos desde el corazón. La urbe cobra sentido a la existencia entre las ruinas. Hay una idea clara de la solidaridad. Hubo algo que se levantó entre los abrazos y los gestos, como ayer, como esta noche de piel morena. Aquí en San Miguel Tecuanipa todo es distinto. La pobreza es grosera; insulto a los proyectos económicos que dejaron bajo la alfombra del destino a cientos de seres humanos, los cuales jamás soñarían con hospitales para mascotas, comida vegana o “coaches” de vida, esas vulgaridades de la pequeña burguesía clasemediera. Razones: aquí no hay hospitales, no hay comida y no hay vida, o lo que los ciudadanos llaman propiamente “la vida”. Aquí lo que quedó en pie, lo que se ve, lo que dicta la pluma, es lo que nunca se ha derrumbado: la miseria.

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San Miguel Tecuanipa, Puebla. 19S (Mauricio Mejía)

Pasan de la una de la tarde. Llueve. Hace frío, el mismo frío de septiembre, pero menos fuerte que el de octubre, o el de enero. Las mujeres, malvestidas, con mirada de desesperación entre unos ojos que no han dormido, piden ayuda: lo que sea. Arroz, frijol, aceite, galletas, toallas femeninas, azúcar, leche, sobre todo leche para la prole. “Es que tengo más hijos”, se excusan con una modestia que lastima. Las despensas, casi nada para los abultados carritos de super de los habitantes de la capital, son mucho aquí. Mucho. “Es que tengo nietos, es que tengo una nuera embarazada, es que tengo una hermana, es que tengo…”. Duele: tienen, pero no tienen nada. Que verbo tan desigual.

Los niños, con caritas quemadas por el frío, por el sol, por la orfandad, reciben dulces como si fueran panes y peces, como helados caídos de los cielos, porque si algo queda, si algo vive en San Miguel Tecuinapa es la fe, esa forma individual de la esperanza. Hombres maduros, con sombrero, campesinos mal pagados, obreros, albañiles y labradores rompen la gallardía y solicitan agua, pañales, latas, lo que sea porque lo que sea será cuando menos hasta el tercer día, según las escrituras. Y luego, a ver qué pasa. Ahora son moda; en tres meses, fantasmas. Dios proveerá. No el gobierno, no el capital, no la Iglesia. No. Porque la necesidad es laica como la servidumbre. San Miguel Tecuanipa está en el techo de Puebla. Cerca, a la mano, está Dios, pero de ellos, de estos habitantes es el Reino de los Cielos. Cuando ese reino llegue, claro, porque acá en el orden político de las cosas no aparecen más que como estadística fría del INEGI: los más marginales de un país injusto como pocos.

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San Miguel Tecuanipa, Puebla. 19S (Mauricio Mejía)

Antes de las dos, en menos de cuarenta minutos, la camioneta se vacía. No hay más. Tampoco serían suficientes diez, ni veinte, ni una flotilla de 100. Aquí, el desabasto (palabra burguesa) nunca se ha ido. Es fiel como las piedras que escombran las telesecundaria, el templo y las casas. Fiel el desabasto como la tierra que se ha derramado de los montes, como los caballos, los perros y las gallinas malcomidos, como sus amos. Fiel como la apatía de los gobiernos municipales, estatales y federales durante impúdicos sexenios. No hay cámaras de televisión, no hay Fridas Sofías, no hay reflectores en San Miguel Tecuanipa. Pa colmo: tampoco hay señal de celulares.

Un dato asombra: nadie quiere, nadie pide, pañales para adulto. Los viejos mueren de pie. La esperanza de vida al nacer aquí es un chiste de la posmodernidad. Dato que no dice nada, nada. El pequeño San Miguel Tecuanipa, el alejado, el elevado San Miguel (Arcángel, que ya no anuncia nada, nada) Tecuanipa es un sitio con cobijo, sin cobijas. Las largas filas de hombres, mujeres y niños sobre las portezuelas de las camionetas (y autos repletos de víveres) que llegan con ayuda desde Puebla o Ciudad de México romperían el corazón a más de uno, pero los funcionarios hace rato que se quedaron sin corazón, sin conciencia y sin vergüenza. Los pobres son nada, nadie, escombros que se mueven siete grados de vez en cuando como esta tierra mexicana, tan maltratada.