Opinión

Los dueños del Congreso

 
  
 

 

Diputados minuto silencio

Es difícil pensar en una institución más desprestigiada que el Congreso mexicano. “A los ojos de la opinión pública nacional –sostuvo Daniel Cosío Villegas en 1949– nada hay tan despreciable como un diputado o un senador. Han llegado a ser la medida de toda la espesa miseria humana.” Según la encuesta de Francisco Abundis, el 54 por ciento de la población desaprueba el trabajo de los diputados, y el 56 por ciento el de los senadores (El Financiero, 4/3/15). Se les achaca falta de productividad, improvisación, la renuncia a su papel fiscalizador frente a los otros poderes, su franca distancia de los electores.

En nuestro sistema representativo, ¿a quién representa realmente el Congreso? ¿A los votantes? El 40 por ciento de las curules de diputados y un tercio de los escaños senatoriales corresponden a los legisladores plurinominales, elegidos por las cúpulas de los partidos. Se calcula que, entre 2000 y 2018, el 30 por ciento de la presencia legislativa representaba a sectores económicos específicos, como la telebancada, que ven por los intereses de las televisoras. ¿A quién representa el Congreso de los mexicanos?

De 1934 a 2018, 68 familias priistas –auténticas dinastías políticas–, dispusieron de 309 posiciones legislativas. En el PRI, los Rojo-Lugo de Hidalgo, los Díaz Ordaz de Puebla, los Figueroa de Guerrero y los Olivares de Aguascalientes, entre muchos otros; en el PAN, los Vicencio como clan político llevan 51 años en el Congreso, también están los Ling, los Calderón-Zavala; en el PRD, los Ortega Martínez y los Bejarano-Padierna. El Partido Verde de los González Torres y el Panal de las Gordillo han demostrado que los partidos familiares son un buen negocio.

El dueño del Congreso no es el pueblo mexicano, los auténticos dueños son las cúpulas de los partidos, los grupos empresariales capaces de financiar las campañas de los legisladores y las rancias dinastías políticas. Es la tesis que Esteban David Rodríguez desarrolla en Los dueños del Congreso (Planeta, 2016).

Hay avances respecto al pasado. El legislador era tan sólo un mecanismo de legitimación de las determinaciones del Señor Presidente. Todo comenzó a cambiar en 1964 con la apertura del Congreso a las primeras diputaciones de oposición. En las elecciones de 1997 por primera vez el PRI perdió la mayoría absoluta en la Cámara.

En el 2000 obtuvo el segundo lugar y en 2006 el tercero. Los espacios que fue dejando los ocupó la oposición. Esto, en teoría, dotaría al Congreso de un sano pluralismo. Las enormes expectativas que se tenían respecto a la pluralidad en el Congreso se han evaporado.

El Congreso sigue siendo turbio en sus repartos discrecionales de dinero. Las Comisiones continúan encabezadas por legisladores vinculados a empresas del sector, con los conflictos de interés inherentes al caso. La transparencia no es su mayor fuerte. Los nuevos legisladores ven al Congreso como un centro de negocios. Se sospecha de la presencia creciente de grupos criminales infiltrados en ambas Cámaras. ¿Podría la reelección terminar con este deplorable estado de cosas?

La reelección serviría para dos cosas: para elevar la profesionalización de los miembros del Congreso y para que los electores tuviéramos la posibilidad de premiar o castigar con nuestro voto a los diputados a partir de su eficacia.

Respecto a su profesionalización, David Esteban Rodríguez demuestra que en la Legislatura 2009-2012 el 50 por ciento de los diputados contaban con experiencia legislativa. Recordemos que lo que entrará en vigencia en el 2018 será la reelección continua de legisladores, ya que antes sólo era permitida la reelección discontinua, lo que provocaba que los diputados brincaran a las senadurías para luego regresar como diputados.

Así, la reelección, que ya existía, no funcionó para vincular a los legisladores a sus electores. Eso por un lado. Por el otro, la existencia misma de los escaños plurinominales –mediante los cuales las cúpulas partidistas pueden elegir a quien ellos decidan, incluso a los más repudiados– invalida la posibilidad de que el elector realmente pueda castigar a su legislador con la no reelección.

Pasamos del control total del PRI en el Congreso a un pluralismo que no fiscaliza, que escasamente investiga, que apenas ahora está dando entrada, y sin los resultados esperados, a la primera iniciativa ciudadana. La democracia es vista por el clan legislativo como “sinónimo de distribución de cuotas y de dinero”. En el Congreso “se vende la influencia, la información privilegiada y el derecho de picaporte”, para no hablar del documentado moche. Este es uno de los rostros más oscuros de nuestra democracia.

Twitter:@Fernandogr

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