Opinión

Los dineros de Dios

En julio de 1978 Albino Luciani, Patriarca de Venecia, fue designado Papa por el cónclave que siguió al fallecimiento de Paulo VI. Luciani era querido y admirado en Venecia y en toda Italia, por su visión de avanzada en muchos temas delicados para la iglesia –como los anticonceptivos o el rol de las mujeres–, pero especialmente por su cercanía con los pobres. El arzobispo de Venecia, a quien se le otorga de forma honoraria el título de Patriarca, encabezó durante los años setenta una organización de beneficencia en apoyo a marginados construida en torno al Banco Ambrosiano. Este banco tenía su sede justamente en Venecia y estaba destinado a obras pías.

Durante esa década, ante la enfermedad y gradual incapacidad de Paulo VI, una serie de personajes siniestros asumieron importantes posiciones de poder en el Vaticano. El último secretario de estado de Paulo VI fue un cardenal francés llamado Jean Villot, quien cobijó y eventualmente construyó una red financiera que hoy sería tipificada como “lavado de dinero”. Recursos provenientes de la mafia italiana, banqueros franceses y un prelado de origen lituano, aunque nacido en Estados Unidos, Paul Marcinkus, encabezaron una operación de manejo oscuro de recursos del Vaticano. El punto de crisis se presentó cuando, aparentemente para cubrir pérdidas en inversiones equivocadas, Marcinkus y Villot hicieron quebrar al Banco Ambrosiano.

La Interpol realizó investigaciones extensas sobre el tema, que condujeron al encarcelamiento en Nueva York de un célebre capo italiano apellidado Sindona y a otro que apareció colgado de un puente en Londres. Marcinkus recibió la ficha roja de Interpol para ser detenido en cualquier parte del mundo. Juan Pablo II, quien asumió el trono pontificio después del efímero papado de Luciani –Juan Pablo I– protegió a Marcinkus dentro del Vaticano, donde murió muchos años después sin que la policía europea o norteamericana pudieran atraparlo.

Lo interesante de la historia es que ese Patriarca de Venecia que aparentemente fue utilizado de forma perversa para “blanquear” fondos y operaciones lucrativas y poco éticas, se convertiría en muy poco tiempo después en el sumo pontífice de la Iglesia Católica.
Existen registros –la puntual investigación del inglés David Yallup "En el nombre de Dios"– de que Albino Luciani tenía firmes propósitos de renovación e investigación financiera al interior del Vaticano, al momento de convertirse en Juan Pablo I. Su papado duró poco más de 32 días y concluyó con un extraño y ciertamente sospechoso fallecimiento, cuando había dado a conocer sus intenciones reformistas a un cercano círculo de colaboradores.

El anuncio difundido ayer por el Vaticano sobre las instrucciones dictadas por Francisco llegan casi 36 años tarde. Ya Benedicto XVI enfrentó graves problemas de operaciones financieras oscuras y encubrimiento de bienes e inversiones que se hicieron públicas con el histórico robo y difusión de los documentos de su oficina. Lo que se conoce mundialmente como Vatileaks.

El Papa Francisco ha ordenado crear dos organismos al interior del Vaticano: un Secretariado para la Economía y un Consejo para la Economía, que funcionarán como un “check and balance” estadounidense. El secretariado administrará –de forma “fiel y prudente”, determinó el Papa– las finanzas del Vaticano, mientras que el consejo lo vigilará y hará funciones de planeación y observancia del presupuesto.

Otro acierto de Francisco ha sido integrar ese consejo con laicos y prelados. Por primera vez –de forma pública y abierta– habrá ciudadanos no religiosos como partícipes de un Consejo Vaticano que transparente y clarifique las finanzas.

No todo está resuelto, es apenas el primer paso, porque sigue el eterno cuestionamiento en torno al IOR, el célebre Instituto para las Obras Religiosas que es, en concreto, el Banco Vaticano.

Francisco ha dado un paso gigante en torno a la sanidad de la economía vaticana, a la apertura de resultados, números, origen de recursos y su prudente administración. No sólo retira facultades oscuras a personajes que manejaban estos recursos sin entregarle cuentas a nadie. En los años previos a Juan Pablo I corrió la versión de que el Vaticano había invertido en anticonceptivos, porque eran una muy rentable inversión.

Es una primera señal de una iglesia más abierta, más transparente y más coherente con lo que su discurso afirma, en vez de la oscuridad y el escándalo de los últimos 30 años.