Opinión

Los centroamericanos
y nosotros

  
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Migrantes. (Reuters)

De acuerdo con varias versiones recientes, después de las elecciones en Estados Unidos se ha producido un incremento significativo en el número de migrantes centroamericanos, en particular del llamado triángulo del norte, que han emprendido el peligroso y caro camino hacia ese país. De acuerdo con estas versiones, se trata de familias enteras.

De ser el caso, se trataría de un fenómeno bastante lógico. Trump ha dicho que va a construir su muro, y sería sensato que personas que tienen la intención algún día de irse a Estados Unidos, desde El Salvador, Honduras o Guatemala, decidieran emprender el viaje desde ahora, justamente antes de que se erija dicho muro. En vista de que la violencia en esos países sigue, tendría mucho sentido que las personas aterradas por la situación en sus países decidieran irse, estando aún Obama en el poder.

Algunos recordarán que cuando se produjo la primera ola de menores de edad no acompañados, buscando llegar a Estados Unidos (EU) en julio de 2014, el gobierno de EPN decidió aceptar la solicitud de la Casa Blanca de cooperar para detener el flujo. La lógica de hacerlo era razonable. Se trataba de evitar que se desatara una histeria antiinmigrantes en EU, justo cuando parecía posible legalizar a millones de indocumentados. Dicho eso, EPN, con el paso del tiempo, desistió de adoptar cualquiera de las dos actitudes más factibles o más viables para cualquier país atrapado en esta situación.

Hubiera podido decidir que para México la mayoría de las personas que proceden del triángulo del norte son personas que huyen ante un temor bien fundado de persecución, por sus vidas, sus bienes, sus comunidades, etcétera. Es decir, refugiados, y que deben ser tratados como tales. Que no deben ser deportados, que deben ser protegidos en campamentos de refugiados bajo la supervisión del Alto Comisionado para Naciones Unidas de Refugiados, ACNUR, y en todo caso que al término de 30 días o más, deben abandonar el país hacia donde ellos quieran: EU o su país de origen. La otra posibilidad era adoptar la actitud de Turquía. Cuando la canciller Merkel le pidió al presidente Erdogan, hace poco más de un año, que detuviera el flujo de refugiados sirios y afganos hacia la Unión Europea, el cínico de Erdogan respondió afirmativamente, pero con varias condiciones.

Pidió que se reanudaran las pláticas con la Unión Europea (UE) para el acceso de Turquía a la misma, que se eliminara el requisito de visas para nacionales turcos que viajaran a Europa, seis mil millones de euros al año para atender a los refugiados que permanecieran en territorio turco, y una especie de programa de uno por uno con la UE; por cada refugiado que Turquía aceptara de Siria o Afganistán, la UE aceptaba un inmigrante turco.

No tiene el menor sentido que México le siga haciendo el trabajo sucio a EU con Trump como su presidente, si éste quiere construir muros, deportar a mexicanos, o revisar el Tratado de Libre Comercio. Por eso tendría tanto sentido que este tema, es decir, el detener a los centroamericanos en la frontera sur o dejarlos pasar libremente hacia la frontera norte, debe ser una de las fichas de negociación que México puede usar ahora con Trump. No hacerlo es pecar de cobardía, de ignorancia o de desidia. Por desgracia estos tres atributos no parecen escasear en el gobierno actual.

Twitter: @JorgeGCastaneda

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