Opinión

Los cambios en México

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Industria automotriz. Foto: SDES de Guanajuato.

En esta semana le he comentado acerca de las transformaciones que estamos viviendo y que no alcanzamos a entender bien: la revolución tecnológica implica menos tiempo de trabajo, es decir más tiempo libre, pero con un acceso restringido a la producción, que requiere ciertas habilidades que el sistema educativo no construye. A nivel social, esto significa más desempleo, sobre todo juvenil, y el fin del sindicalismo, y junto con él [el] del estado de bienestar que conocemos (aunque sea medio primitivo acá).

En términos políticos, no más izquierda y derecha tradicional, y sí una presión constante en contra de la política, que en América Latina hemos transformado en el grito: “Que se vayan todos.” Los partidos políticos no generan confianza y se cree que personas que vienen de otros ámbitos, candidatos independientes, serán mejores.

La nueva separación ya no será entre aristócratas y burgueses, como en el siglo XVIII y XIX, ni entre trabajadores y patrones, como en el XX. La separación es entre quienes tienen las habilidades para entrar al sistema productivo actual y quienes no las tienen. Los primeros tendrán oportunidades cada vez mayores, con trabajos cada vez más flexibles; los segundos, exactamente al revés. Las instituciones actuales (leyes laborales, sistema educativo) ampliarán continuamente la brecha. Para evitar complicaciones, los gobiernos intentarán seguir con lo que han hecho siempre: cobrar impuestos a los primeros y subsidiar a los segundos. Ésta es la crisis política del siglo XXI.

El reflejo lo puede usted ver en los partidos extremistas, o de plano inventados, que han ganado espacio en Europa; en la transformación del sistema político en Japón, o en el impacto del Tea Party en Estados Unidos. En México no hemos percibido bien el proceso porque teníamos dos válvulas de escape en funcionamiento: la economía informal y la integración del norte a la economía global. La segunda todavía funcionará un tiempo, pero la primera se ha estancado desde hace unos años. Aunque hay cada vez más informales, su producción es la misma, de forma que sus ingresos caen, comparativamente. En los estados en donde la presencia de informalidad es mayor, la pobreza crece, y la diferencia con el norte del país es más notoria. Así, el conflicto político del siglo XXI tiene acá una dimensión territorial. Mayor, cuando le sumamos el intento del sindicalismo estatal por mantener sus privilegios, que coincide con la fractura territorial.

Dicho de otra manera, la crisis política que varios atribuyen al crimen en Iguala, o a las casas, o al provincianismo e incompetencia del gobierno, me parece que tiene detrás esta profunda transformación social, y está siendo malinterpretada. Sin menospreciar la violencia, corrupción o incapacidad, lo que vemos es la recomposición de la política alrededor de los nuevos conflictos, pero interpretados por los viejos esquemas.
Por eso pensé que era importante dedicar varias entregas a este tema, porque seguir interpretando lo que ocurre con el esquema izquierda/derecha, o pensando en el “desarrollo,” o creyendo que más educación nos hará crecer más, significa seguir confundidos. Hay que salir de la caja, de los marcos rígidos, y plantearnos preguntas más amplias. Ya verá que encontramos mejores soluciones.

Twitter: @macariomx

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