Opinión

Los árboles que
dan moras

 
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Las elecciones de 2015 resultaron en 18 congresos renovados. Además de la Cámara de Diputados, 17 congresos locales tendrán nuevos representantes populares antes del 2 de enero. Esa renovación es oportuna para poner en la balanza una de las tareas principales de los poderes Legislativos del país: la fiscalización de quienes ejercen el poder Ejecutivo.

En nuestro país, la transición a la democracia no se ha traducido en mejores gobiernos o en prácticas de mayor integridad y transparencia. Los indicadores de gobernanza y anticorrupción sugieren que, si bien la democracia es un bien en sí mismo, en nuestro país los gobiernos emanados de la competencia electoral no se han traducido en mejores resultados o en gobiernos íntegros. Como muestra un botón: el índice de corrupción y buen gobierno de Transparencia Internacional indica que en México la percepción de corrupción en el país ha permanecido prácticamente invariable en los últimos 20 años.

A casi dos décadas de que la democracia haya echado raíz en México, la moral sigue siendo un árbol que da moras, según la frase infame del exgobernador de San Luis Potosí, Gonzalo N. Santos. A casi quince años de la alternancia en el Ejecutivo federal y 25 de la primera en el ámbito estatal, los índices de percepción de corrupción se asemejan preocupantemente a los de la época del partido hegemónico.

Que la competencia electoral no se haya materializado en mejores gobiernos es corresponsabilidad de quienes detentan las posiciones ejecutivas tanto como de los legisladores, federales y locales, que fiscalizan sus acciones y el ejercicio de los dineros públicos. La moral y la eficacia crece en instituciones democráticas sólidas. Son fruto del esfuerzo de poderes Legislativos que ejercen sus facultades de manera independiente del gobierno federal y de los gobiernos locales. Son, en suma, frutos indispensables para la viabilidad de nuestra novel democracia.

Twitter: @gustavo_gilr

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