Opinión

Los años perdidos
de Mancera

  
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Miguel Ángel Mancera dijo que el metro tiene irregularidades desde 2003. (Cuartoscuro)

Pocos han tenido tanto y lo han hecho rendir tan poco como Miguel Ángel Mancera. La histórica votación con la que llegó a la jefatura de Gobierno del Distrito Federal en 2012 es hoy un recuerdo de polvo. Durante dos años y medio tuvo 14 delegaciones de su lado, una bancada de indiscutible mayoría en la Asamblea Legislativa y, por un buen rato, gozó del beneficio de la duda de los santones de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador incluido. ¿Y qué hizo con todo eso? Ser el factor de la peor derrota del PRD en la capital desde 1997.

Hace apenas unas semanas Carlos Navarrete presumía de que en Mancera tenían candidato para la presidencia de la República en 2018. Pero llegó el 7 de junio, fecha de la debacle del perredismo, por más que al líder nacional del sol azteca no le guste el término, y el destapado capitalino quedó en los cueros.

Si en el caso de Nuevo León y Sonora la ciudadanía cobró a los gobernadores Rodrigo Medina y Guillermo Padrés, respectivamente, por los escándalos de corrupción y la indolencia ante la crítica, qué otra lectura cabe para lo ocurrido el domingo en la capital, sino el ajuste de cuentas de una ciudadanía harta de la falta de liderazgo en la jefatura de Gobierno, cansada de la tolerancia a los abusos y los agandalles en las delegaciones.

Mancera se quejó durante los primeros meses de su mandato por problemáticas ocultas que supuestamente le había heredado Marcelo Ebrard. Pero su falta de pericia para resolver –y hacer pagar a los responsables– tanto en lo jurídico como en lo político por el desastre de la Línea 12, se le han revertido: el discurso de que eso se lo dejaron ya no lo compra nadie. Es manifiesta su incapacidad para plantear una solución real a ese y a otros retos de la ciudad, como el ambiental o el de la voracidad inmobiliaria.

En lo coyuntural, la derrota del domingo no se entiende sin el desaseo en que el gobierno central incurrió en el reparto de candidaturas perredistas, al punto de que fueron nombrados parientes de colaboradores tan cercanos como el procurador o de su secretario particular, cuadros (es un decir) de nulo trabajo partidista o arraigo popular.

Con irresponsabilidad, Mancera dejó que el clima electoral se calentara de tal forma, con denuncias por grosero reparto de despensas, tinacos, etcétera, que el secretario de Gobierno, Héctor Serrano, antes que un factor de distensión y diálogo, terminó siendo visto por la oposición (Morena) como un interlocutor no válido.

El Distrito Federal se convirtió en el lugar del cinismo de un Mauricio Toledo o de un Jesús Valencia. ¿Cómo se les castigó a esos perredistas por haber protagonizado sucesos de presunta corrupción? Con sendas candidaturas, fuero incluido.

Cuando falta poco para la mitad de su mandato, ¿cuál es el programa o tema emblemático de Miguel Ángel Mancera? Exacto: quién sabe.
Los capitalinos rechazaron a un partido que no supo exigir definiciones a su principal personaje: se terminó el tiempo para los juegos y cálculos sobre si Mancera es o no del PRD.

¿Mancera quiere seguir nadando de muertito en su cercanía acrítica con el presidente de la República? ¿El jefe de Gobierno pretende seguir burlando a los vecinos privilegiando a los capitales inmobiliarios y a los restauranteros? Allá él, pero esos lujos serán a costa del PRD.

Twitter: @salcamarena

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