Opinión

Los aciertos de Beltrones

 
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Manlio Fabio Beltrones recuerda que de las 12 gubernaturas en juego, el PRI gobierna en nueve  y “no quisiéramos ganar en menos lugares”. (Archivo)

La renuncia de Manlio Fabio Beltrones a la presidencia de su partido deja al PRI en un estado de confusión y desamparo que si alcanzara la demandada reflexión, sería un gran avance. Pero los partidos políticos difícilmente realizan análisis profundos, investigaciones a fondo, corrección de ruta.

El PRI de la derrota en el 2000, el de Dulce María Sauri e Ignacio Pichardo, el mismo que poco después recogió y reconstruyó –a su imagen y semejanza– Roberto Madrazo con su costosa reyerta con Elba Esther Gordillo, fue el PRI de los culpables, el que buscó a quién extenderle la factura y cobrarle la derrota. El enemigo designado fue Ernesto Zedillo. El PRI desaprovechó la oportunidad histórica de ir al fondo de sus bases y principios, revisar sus estructuras fundacionales, aceptar la inoperancia de la CNC, o de la CTM y de la todo incluyente CNOP.

El PRI de 2006, el que condujo Madrazo a la segunda derrota por su secuestro –tan tabasqueño– del partido, tuvo después que ser reorganizado, rearmado y lanzado hacia adelante por Beatriz Paredes.

Pero tampoco fueron al fondo. Acusaron recibo de un caudillismo añejo como el principal enemigo de la nueva era de la transición democrática, pero esencialmente, los mismos.

Durante esta larga docena de años, docena de oposición, Manlio fue tal vez la figura más institucional y vanguardista del PRI. El político con visión que se comportó con altura de Estado al aceptar y construir un nuevo rol de auténtico opositor. No fácil, no sobre ruedas ni mucho menos sencillo. El aprendizaje en la Cámara de Diputados con Fox y desde el Senado con Calderón, tuvo sus tropiezos, repetidas fricciones, forcejeos con Los Pinos y las bancadas dispersas del PAN y del PRD que Manlio, con altura, con la parsimonia de su tono norteño, logró encausar y ponderar. No todo el Congreso durante Fox o Calderón fueron barreras infranqueables. Manlio encabezó la oposición, pero también construyó acuerdos y gobernabilidad para presidentes y partidos que –decían con insistencia– aprendían a comportarse como tales.

Manlio fue esencial en la reconstrucción de un PRI dañado por las derrotas, por momentos sin brújula y sin rumbo. Evitó la ruptura y la confrontación con los mexiquenses que llegaron, ante el ímpetu de la reinvención y la anhelada victoria, a tomarlo todo, a controlar todo.

Pero el PRI ha seguido siendo el mismo, no ha modificado de fondo sus procesos, su cultura de superpotencia partidista –ahora menguada y disminuida. Tal vez fue el entonces gobernador Peña en el Estado de México, el que dio lecciones al partido y sus colegas en la selección de su sucesor, cuando asumió y aceptó que su favorito no era el de las mayorías y permitió el ascenso de otro político exitoso perteneciente a un grupo diferente al suyo y que garantizó la victoria. Para los comicios de 2015 y de 2016 la lección fue olvidada por los comités locales del PRI en Nuevo León, en Quintana Roo, en Tamaulipas y lamentablemente también en Los Pinos, que permitió a los gobernadores imponer a favoritos que les protegieran la espalda, aunque pusieran en riesgo la continuidad, como finalmente sucedió.

Una vez más Manlio, con visión de Estado, hace un llamado a la reflexión, al estudio de partidos que cambian de rumbo: “una izquierda que fortalece a la derecha, y otra que se radicaliza”, dijo en su discurso de renuncia.

El PRI enfrenta un momento capital en su vida política, y de su capacidad de reconstrucción auténtica dependerá su futuro.

El presidente Peña Nieto se ha quedado sin partido, sin victorias, sin sus gobernadores protegidos de manera equivocada. Ha perdido la fuerza de la maquinaria político-electoral más exitosa en la historia de México. ¿Qué le queda? Dos prioridades hemos señalado repetidamente: combate frontal, abierto, descarnado contra la corrupción y fortalecimiento del Estado de derecho. ¿Será capaz el presidente de iniciar procesos, juicios e investigaciones en contra de los funcionarios que han actuado con abusos, excesos y desvíos? Ese puede ser un lugar muy digno en la historia.

Manlio el estadista, el dinosaurio, el florentino de mil batallas, el que nunca reveló su encuentro con aquel Mario Aburto del crimen inolvidable, el que construyó Congreso, gobernó bancadas, educó a legisladores, regateó con presidentes y fracasó en las peores elecciones de su partido. Ese Manlio, dice, tiene todavía cuerda para rato. Faltará ver si acepta un cargo en el gabinete y conceder con ello la velada crítica de su discurso de renuncia a este gobierno que, con plena institucionalidad, apoyó desde el primer día. O camina por la libre, sueña con Vasconcelos, se atreve a desafiar al propio sistema que él mismo ha contribuido a edificar. Veremos.

Twitter: @LKourchenko

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