Opinión

Londres pierde su espíritu

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Londres se encuentra a la cabeza de las 30 Ciudades de Oportunidades.

Entre 1992 y 1994 viví y trabajé en Londres como corresponsal extranjero. Representaba a una cadena de televisión mexicana con extensa cobertura internacional en aquellos años. Llegué asignado a ese puesto después de una instructiva estancia en la antigua Unión Soviética; fui enviado a Londres a establecer la oficina permanente para nuestra cadena.

Mi estancia en la capital británica fue de gran aprendizaje y crecimiento profesional. El estudio y análisis del Parlamento británico, la composición de las bancadas, el sistema -entonces bipartidista- y los límites y respetos a la democracia inglesa resultó una gran lección de vida y de formación periodística.

Una de las características más distintivas de la capital inglesa era su espíritu cosmopolita. Como ninguna otra ciudad europea, mucho más que París en esos años, o que el Berlín de hoy, Londres concentraba ciudadanos y nacionalidades en un mosaico amplio, plural, universal. No solamente por la herencia de su época colonial, sino por su sentido de apertura y de globalidad. Caminar por Regent Street o por Oxford Street significaba un recorrido por una enciclopedia viva de lenguas y culturas, expresiones raciales, culturales y religiosas que convivían no sólo en armonía sino en un enriquecedor contraste de poderosa diversidad.

Vi indios y paquistaníes, australianos, sudafricanos y canadienses, convivir y conversar con interés y curiosidad con musulmanes, jordanos, sirios, árabes y egipcios; vi pocos latinoamericanos, pero muchos asiáticos y africanos de diversas etnias y regiones construir proyectos, hacer negocios, intercambiar visiones y pensamientos del fin del siglo XX. Era una explosión del espíritu plural y diverso del género humano.

Entre las muchas misiones de cobertura, registramos y transmitimos el 50 aniversario del D Day, el histórico y trascendental Desembarco de Normandía, operación marítima -la máxima en la historia- que condujo a la liberación de Europa y al fin de la Segunda Guerra Mundial. En esa cobertura, comprobé que el antiguo rol y prestigio imperial británico había tenido que conformarse con un papel mucho más limitado al término de la guerra, pero importante y trascendente por representar un auténtico faro de apertura y liberalismo, respeto a los derechos humanos, tolerancia interracial y pluralidad.

El Reino Unido está lejos de ser un país perfecto, ni de olvidar su pasado colonial y conquistador, pero hacia finales del siglo XX había encontrado un lugar destacado en el mundo, promotor de la persona, defensor de las libertades, un país de vanguardia en muchos terrenos.

Durante la última semana, los ocho días posteriores al Brexit, han aparecido tristemente expresiones de racismo y de xenofobia. Ataques al Centro Cultural Polaco, con piedras, huevos y grafitis como “Fuera puercos polacos”. Jóvenes ingleses increpando a ciudadanos este-europeos en autobuses y en el Metro. Según la policía londinense, en los últimos cuatro días se han incrementado las denuncias por insultos y agravios raciales en 57 por ciento.

El discurso populista de nacionalismo rancio de líderes como Boris Johnson y Nigel Farage -principales promotores del Brexit- ha incendiado la expresión pública y violentado de la xenofobia y el racismo. Expresiones que habían estado presentes en Francia en contra de las minorías africanas, o en Alemania en contra de los Turcos, o en Italia contra los albaneses, nunca habían sido un tema de cobertura mediática, denuncia policíaca o alarma social en el Reino Unido.

Londres y tal vez Inglaterra toda, está en vías de perder su espíritu. La apertura, la convivencia interracial, el diálogo de tolerancia y respeto absoluto a las minorías, está amenazado gravemente por la pueril retórica 'independentista' del UKIP y su líder, el señor Farage.

Twitter: @LKourchenko

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