Opinión

Lo siento, Mario


 
Se llamaba Mario y tenía 13 años.
 
Se dice que custodiaba a una persona secuestrada, que llevaba un arma corta, que con ella quiso oponerse al rescate de la víctima, que integrantes de la Agencia Estatal de Investigaciones de Nuevo León le dispararon. Y que murió allí, con la adolescencia en flor.
 
La abuela, se dice, vio el cadáver y dijo quién era. Era Mario, el nieto casi niño, estudiante de secundaria.
 
Habrá sido reclutado con engaños o por la fuerza. Promesas o amenazas. Quién lo sabe. Habrá guardado el secreto, silencios largos a la hora de la comida, extensas salidas a la calle. Dónde está Mario, habrá preguntado alguien.
 
No importa tanto el lugar, sino su condición: estaba atrapado.
 
Adultos sin escrúpulos le decían lo que había qué hacer, dónde, cuándo. Te esperamos. Y él, oprimido, ilusionado, asfixiado (quién lo sabe), guardaba silencio. Un silencio oscuro. Solo en rincones solitarios, solo en horas eternas de vigilia, con su secreto a cuestas. Solo.
 
La descomposición social produce vulnerabilidades extremas. El comerciante que debe callar y pagar la extorsión; el familiar del secuestrado que olvida el hambre y el sueño, prendido de su angustia; la adolescente que se ilusiona con la promesa digital de un desconocido; la mujer que ve, paralizada, cómo dos sujetos rompen, a plena luz, el cristal de su automóvil para asaltarla; el hombre que debe pagar el producto de un fraude cibernético.
 
Y más: la familia que repentinamente se entera que uno de sus hijos ha muerto en un tiroteo con la policía; el hermano que ve a su hermano en la pantalla, detenido por las autoridades como presunto miembro de una banda; el padre que se resiste a creer que su hijo ha cometido un delito.
 
El asombro ya no pertenece a casos aislados, que se ven, ajenos y lejanos, en los medios. El brazo de la delincuencia se extiende y traza círculos que sujetan y aniquilan.
 
Sin atención, sin oportunidades, sin parámetros claros, muchos son los niños y jóvenes que se integran al triste oficio de vivir del delito.
 
"En las historias de violencia, es frecuente que participe un niño sicario", dice Roberto Campa, subsecretario de Prevención y Participación Ciudadana, de Gobernación.
 
Al menos para Mario, los propósitos de prevención del gobierno federal han empezado demasiado tarde.
 
Él tenía que vigilar a la víctima del secuestro. Le habían dado una pistola y él la veía. Poder sobre otro. 'Si se pone bronco, disparas', le habrán dicho. Y Mario, que alguna vez fue un recién nacido, con el horizonte abierto, y que nunca llegó a ser adulto, el futuro cancelado, quizá temblaba de miedo, dudaba, carcelero encarcelado.
 
Es una lástima, es inaceptable, arde como herida abierta.
 
Por esa vida truncada, por esas puertas cerradas, por este entorno que todo hace posible, hay que impulsar la atención eficaz, más allá del discurso.
 
Hay que cuidar, proteger y apoyar a la niñez y a la juventud para que cada vida florezca en la alegría, el bien, el trabajo, y evitar que se pierda en la bruma de una aventura forzada y sin retorno.
 
De veras, Mario, lo siento. Te abrazo.