Opinión

Lo quise sin conocerlo

Lo vi de cerca una sola vez, cuando visitó a Jacobo Zabludovsky en su oficina de Noticieros Televisa. Corrían finales de los ochenta, y como tantos otros en la redacción, le rendíamos apasionada veneración. Frente a las terminales de aquellos años haciendo la faena diaria, empecé a escuchar un murmullo que corría por los pasillos: “ahí está García Márquez”, “lo acabo de ver, entró a la oficina de Jacobo”, decían los compañeros entre nerviosos y entusiasmados. Todos sabíamos de la importancia de nuestro querido jefe, quien conocía y cultivaba amistad con personajes relevantes del mundo. Pero no con mucha frecuencia pasó a ver a Jacobo y después, con su generosidad característica, aceptó recorrer en su compañía la redacción y saludar de mano a quienes lo veíamos como un gigante de la profesión y de las letras.

Como tantos otros universitarios latinoamericanos, quedé prendado con la prosa y la imaginación interminable de García Márquez. Me apasioné con Fermina Daza y con la volátil imagen blanca y vaporosa de Remedios “La Bella”. Admiré a los Buendía y quise deambular por Macondo con sus aires acalorados bajo el derretido sol que aplasta sus callejones fantásticos. Elegí la obra de Gabriel como el autor del que conocería todo su trabajo literario y también el periodístico, recorrí sus páginas y personajes, reescribí sus diálogos y narraciones para descubrir –o por lo menos intentar conocer- sus secretos narrativos. Al final de la universidad en esos mismos años ochenta del definitivo Premio Nobel, escribí un ensayo para una clase maravillosa de psicología del arte, en el que repasaba y analizaba la fundamental figura femenina que García Márquez desarrollaba a lo largo de su obra. El trabajo recibió una buena calificación y lo puse en un sobre para enviárselo a mi admirado Gabo. Nunca lo envié, me avergonzó pensar que jamás lo leería o lo pensaría intrascendente y torpe.  Desde entonces lo admiré a la distancia y en el silencio. Después de leer sus muchas diatribas en contra de medios, periodistas y entrevistas repetitivas, fui incapaz de buscarle o escribirle.

Muchos amigos periodistas y escritores cultivaron su mesa y sus licores, su risa y su agudo buen humor. Coleccioné por años anécdotas de personas que tuvieron acceso a su sala, a su mesa y a los muchos viajes que compartieron con él. Siempre pensé que era inigualable e inalcanzable, no sólo por la estatura de su narrativa, sino por rasgos de su carácter que he admirado siempre: sus amigos por encima de todo, su antisolemnidad, su rechazo a los formalismos, su enemistad con los homenajes y a las estatuas (“me opuse a una que está en mi pueblo por temor a que le arrancaran la cabeza en unos años”), su carisma y su sencillez.

Pero tal vez, por encima de todo, me cautivó su capacidad de ser él mismo más allá de la fama y de los muchos admiradores que por el mundo lo perseguían. Años después presencié el inolvidable discurso en Zacatecas donde hizo un llamada antiacadémica contra la ortografía. Refrendé mi devoción al comprobar que seguía siendo él mismo, sin el protocolo ni el acartonado corsé de los premios y los homenajes. Se fue Don Gabriel con el raro fervor del público lector. Como ningún otro escritor de nuestras tierras creo que Gabo se apoderó del cariño y la admiración de millones. Sólo recuerdo a nuestro querido poeta Jaime Sabines como otro que permanece en la memoria y en los labios del público. Muchos otros, incluso muchos de sus amigos, grandes escritores como Fuentes, Mutis, Cortázar fueron maestros de las letras, pero nunca como Gabo, patronos de su iglesia y de su fe. Lo que ahora la inolvidable Carmen Balcells llama con precisión “El Gabismo”.