Opinión

Lo que se puede

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La luz y láser iluminan el distrito financiero de Lujiazui de Pudong en Shanghái durante un espectáculo de luz como parte de la celebración por la cuenta regresiva del nuevo año. (Reuters)

A inicios del siglo XIX, 90 por ciento de la población era pobre, considerando criterios actuales (de pobreza extrema). Hoy, el porcentaje es inferior a 10 por ciento. Con un poco de esfuerzo, antes de 2030 habremos acabado con la pobreza, de manera general.

A fines del siglo XIX, una persona en Europa Occidental o Estados Unidos trabajaba tres mil horas al año (60 horas por semana). Hoy, trabajan mil 500 horas en la mayoría de los países desarrollados, y sólo en Estados Unidos se acercan a las 40 horas por semana (mil 800 horas al año).

A inicios de la década de los sesenta, había tres mil 500 millones de seres humanos. Hoy hay poco más del doble. En promedio, cada uno de ellos tiene acceso a 50 por ciento más comida. Es decir, no sólo no se acaba la comida, cada vez hay más.

No le presento detalle de cuánto ha mejorado la iluminación (decenas de miles de veces), la capacidad de comunicarnos, la movilidad geográfica, las posibilidades de entretenimiento y educación. Si acaso le recuerdo que la mortalidad infantil en Europa se ha reducido entre sesenta y cien veces desde inicios del siglo XIX, y la expectativa de vida se ha duplicado. Lo mismo ha ocurrido en los países emergentes y del tercer mundo, a ritmos mucho mayores, pero empezando más tarde.

En suma, lo que hemos hecho los humanos en doscientos años es espectacular. Pero, como siempre ocurre, no se puede todo. Al menos, no tan rápido. Imagine usted que trabaja la mitad del tiempo, pero vive el doble, y quiere tener una pensión similar al sueldo que tenía, pero dejar de trabajar a los sesenta años, para tener 20 o 25 de serenidad. Pues cualquiera querría eso, pero no se puede. Ahora lo sabemos con certeza, porque tenemos encima las deudas que esa idea produjo, y no encontramos espacio para darle empleo a millones de seres humanos.

Pero esto no significa que estemos mal, sino simplemente que no estamos tan bien como habíamos pensado. El nivel de vida que hoy tenemos sigue siendo muchas, pero muchas veces superior al que tuvo Napoleón a inicios del siglo XIX, por ponerle un ejemplo fácil de ubicar. Es decir, lo que debemos quitar de nuestra mente es la idea del empleo estable, con prestaciones abundantes. Pero no la idea de una vida plena y exitosa, que es algo muy diferente.

Así como en el siglo XIX y la primera mitad del XX la población dedicada al campo se redujo muy significativamente, así se reduce ahora la dedicada a la industria. Pero las necesidades en servicios son crecientes. Se requieren millones de personas en servicios especializados en finanzas, comercio, profesionales, y también en educación, salud y seguridad. Pero estos tres últimos, como parte del Estado de Bienestar, decidimos encargárselos al gobierno que debe financiarlos vía impuestos. Conforme el costo de estos servicios se incrementa (porque el de los bienes se reduce), para el gobierno todo se complica. No sólo tiene las deudas encima, sino además estos servicios.

Al ver todo junto, muchos se angustian y caemos en el tema que hemos comentado estos últimos días: la búsqueda de soluciones irresponsables. Pero la angustia es innecesaria. Se necesita otra perspectiva, sin duda, pero no es el fin del mundo, ni mucho menos. Déjeme terminar con esto mañana.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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