Opinión

Lo que elegiremos

    
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señores con laptops

En el mundo desarrollado ocurre un fenómeno político que muchos atribuyen a la globalización, pero que en esta columna hemos mostrado que responde más a un tema de interpretación del mundo. Los votantes de Trump, lo mismo que quienes votaron por el Brexit, son personas de más de 40 años, con baja educación y más religiosos que el promedio, que viven en ciudades pequeñas o pueblos. No son más pobres, aunque viven en regiones que han crecido menos.

Este tipo de corte parece tener más relación con el cambio comunicacional que con la globalización económica. Las personas que caen en la descripción mencionada se han incorporado más lentamente a las redes sociales y a las tecnologías de información y comunicaciones, y cuando lo han hecho es más como receptores que como creadores de información. Del otro lado, los jóvenes que viven en ciudades y han tenido acceso a educación superior, mediante las redes han construido una realidad distinta: más tolerante, más experimental y menos estable. Eso es una amenaza para los primeros, que ya se cansaron de que los acusen de machistas por no entender el matrimonio igualitario, de conservadores por no aceptar el aborto, de negacionistas por no estar alarmados por el cambio climático, y de racistas por querer más control de la migración. Y puesto que las ciudades, reflejadas en el gobierno, los menospreciaban de esa manera, han aprovechado la oportunidad para rebelarse. No dudo que muchos lo hayan hecho tapándose la nariz, porque las opciones (Trump y la salida de la Unión Europea) entrañan riesgos altísimos, pero se habían cansado.

En cambio, en América Latina lo que hemos visto en tiempos recientes es un rechazo a los esquemas populistas que parecieron exitosos (una vez más) durante el tiempo en que los bienes primarios se vendían caros, pero que mostraron todos sus defectos cuando los precios cayeron. Parece entonces que nos movemos en dos velocidades diferentes, una respondiendo a la tradición populista latinoamericana, la otra a una ruptura cultural. Precisamente por eso me parece que el ejemplo de las naciones desarrolladas no aplica en México. Acá el único lugar que medio ha transitado hacia las novedades es la Ciudad de México. Las otras grandes ciudades del país no han abrazado la tolerancia sexual o con respecto a la interrupción del embarazo, y los temas ambientales y migratorios no parecen ser muy atendidos. En consecuencia, no percibo razón alguna para que se repita aquí el fenómeno Trump en versión mexicana, como muchos imaginan. Pero tampoco el rechazo al populismo que campea en Sudamérica, puesto que nosotros hace tiempo que no vendemos bienes primarios. Es más, a nosotros nos beneficia ahora que esos precios sean bajos, porque de ahí viene el costo de la gasolina, por ejemplo. Las elecciones en México, entonces, creo que serán un asunto enteramente nuestro. Ocurrirán alrededor de nuestros temas: inseguridad y corrupción, los dos más importantes, y el diferencial de crecimiento entre el sur y el norte del país. Este segundo tema seguramente recibirá mucha atención, pero no creo que determine la votación. Desde hoy, es muy clara la ruptura entre los que viven en el norte, que han tenido crecimiento durante 25 años, algunos a ritmos asiáticos, y los que viven en el sur, que dejaron de crecer en 1986. A menos que ocurra una crisis económica seria, y eso modifique las intenciones de los norteños (norte es de Ciudad Satélite para arriba), ese tema está definido. 

Será alrededor de los otros dos como decidamos. ¿De verdad hay unos menos corruptos que otros, o es sólo que han tenido menos oportunidades? ¿Alguien tiene una idea clara para resolver el tema de seguridad? Las dos preguntas para 2018.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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