Opinión

Lo que el Congreso debe
a los ‘dreamers’

 
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La tarea de un ejecutivo es tomar decisiones difíciles y convencer a la gente de que lo siga. Para eso se contrata a los CEO… y para eso elegimos a los presidentes. Al dejar en manos del Congreso la situación jurídica de los jóvenes inmigrantes sin ofrecer su propia propuesta, el presidente Trump ha fracasado en una importante prueba de liderazgo ejecutivo. Pero su fracaso es una oportunidad para el Congreso.

La amenaza del gobierno de anular la situación jurídica de 800 mil individuos traídos a Estados Unidos en forma ilegal por sus padres sería una decisión económica enormemente perjudicial que —con su crueldad hacia personas inocentes— también sería ostensiblemente antiestadounidense. Los directivos de empresas de todo el país y de todas las industrias importantes con los que he hablado, entienden que deportar a estos jóvenes afectaría adversamente la oferta de trabajo así como la demanda de consumo. El crecimiento se vería afectado, la innovación se trasladaría al extranjero y el futuro de nuestro país sería más sombrío.

No hay argumentos económicos sólidos para deportar a una fuerza de trabajo joven y productiva y renunciar a los beneficios reales que le brinda a nuestro país. Según un nuevo análisis de New American Economy, coalición de líderes empresariales que copresido, los jóvenes que reúnen los requisitos para participar en el programa de la era de Obama llamado Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés) reciben casi 20 mil millones anuales en ingresos. Pagan más de tres mil millones en impuestos municipales, estatales y federales, y aportan casi dos mil millones a la Seguridad Social y 470 millones de dólares a Medicare. Otro estudio reveló que sancionar una Ley DREAM (siglas en inglés de Ley de Desarrollo, Ayuda y Educación para Menores Extranjeros) para mantener aquí a los jóvenes inmigrantes en lugar de enviarlos al extranjero inyectaría en la economía estadounidense más de 300 mil millones en las próximas dos décadas.

Los inmigrantes y sus hijos han fundado más de 40 por ciento de las compañías del Fortune 500. Piensen en el próximo pequeño empresario que haga crecer su compañía para dar empleo a los habitantes locales. O en el próximo empresario de Silicon Valley que construya una compañía que beneficie a millones de estadounidenses… y mantenga a Estados Unidos a la vanguardia de la economía global. Piensen también en el próximo maestro que gane un premio o el médico que salve vidas.

Se los llama dreamers porque van en busca del gran sueño americano: la oportunidad de trabajar duro, jugar respetando las reglas y construir una vida mejor para ustedes y para sus hijos. Deportarlos privaría a las comunidades locales de jóvenes talentosos, esforzados y respetuosos de la ley, y privaría al país de los cerebros y los músculos que necesita para seguir liderando la economía mundial.

Nuestra coalición de líderes empresariales tiene profundo aprecio por el Estado de derecho y entendemos el deseo de ver a todos los inmigrantes sujetos a la misma norma. Pero los hijos traídos aquí en forma ilegal por sus padres no hicieron nada malo y, para poder quedarse, deben aprobar verificaciones de antecedentes y demostrar que van a la escuela, se han graduado o han servido de manera honorable en las fuerzas armadas.

El que lo hagan demuestra que son miembros productivos y respetuosos de la ley de sus comunidades, y les da la oportunidad de cumplir con los requisitos de DACA, que les otorga dos cosas: protección temporal de la deportación a un país que muchos no recuerdan y cuyo idioma quizá no hablen, y un permiso de trabajo de dos años renovable.

En el pasado, los miembros de la Cámara de Representantes y el Senado presentaron una serie de proyectos bipartidarios para dar a estos jóvenes un lugar más permanente en la sociedad estadounidense. Hasta el martes, aquellos legisladores que se oponen a la deportación —y creo que es la mayoría, como lo es entre los estadounidenses— pudieron darse el lujo de cruzarse de brazos y permitir que siguiera en vigencia el arreglo temporal de Obama. Esa ya no es una opción viable.

El futuro del sueño americano —para todos los habitantes de Estados Unidos— depende de nuestra disposición a mantenerlo abierto para todos los jóvenes que van tras él. Y eso ahora depende de que el Congreso tenga el valor de liderar cuando el presidente no quiere hacerlo.

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Twitter: @MikeBloomberg

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