Opinión

Lo que el cine comercial puede aprender de
'Game of Thrones'

    
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Game Of Thrones

A veces olvido por qué veo Game of Thrones, la sádica serie de fantasía de HBO. Durante siete capítulos, la quinta temporada se movió a la velocidad de un caracol, mientras mis personajes favoritos sufrían todo tipo de torturas y vergüenzas a manos de los seres más siniestros de ese o cualquier otro universo. ¿Por qué serle fiel a una inversión que a veces rinde tan poco? ¿Quién prende la tele para sufrir?

Bastaron dos capítulos para recordar por qué sigo siendo fan: Hardhome, quizás el mejor de toda la serie, y The Dance of Dragons, el impresionante noveno episodio. Hardhome culmina en una melé épica entre los wildlings y el ejército de los white walkers; The Dance of Dragons en una batalla que se vuelve emboscada, con dragón incluido.

Gracias a un presupuesto cada vez más amplio, Game of Thrones se ha vuelto capaz de montar secuencias de acción a la par de una gran película de verano. Pero no sólo el espectáculo cautiva, sino la impresión de que todo puede pasar. Eso sentí cuando Jon Snow se arrastraba por la nieve, con aquel demonio blanco a cuestas, y cuando Drogon, el reptil flamígero de Daenerys, llegó al coliseo a rescatarla y súbitamente se encontró rodeado de los guerrilleros enmascarados de Meereen, esos matones de Isis con trapos de seda. En Game of Thrones nadie está a salvo: ni Snow, el ídolo del programa, ni Drogon, la mascota oficial. Por eso vuelvo a sentarme frente a la pantalla cada domingo a las nueve. La incertidumbre es adictiva.

Una obra de arte puede prescindir de estas artimañas, pero a un producto pop, como la obra de George R.R. Martin, le beneficia muchísimo ser impredecible. Las guerras cobran gravedad y los conflictos genuino riesgo. Cada momento que vemos a un personaje en pantalla puede ser el último (como una versión extrema de la vida misma). Vaya diferencia con el cine comercial, donde los buenos siempre sobreviven. Parte del problema con los Avengers es que, en el universo de Marvel, la muerte siempre es temporal y la derrota jamás es definitiva, en gran medida porque todo el equipo necesita estar en la siguiente, inevitable secuela. El espectáculo quizás entretiene, pero sabemos que solo los edificios corren peligro (Hollywood es una industria obsesionada con la demolición). La cartelera de verano se ha convertido en una rutina de trapecistas donde la red de seguridad nunca desaparece. En Game of Thrones la red se fue junto con la cabeza de Ned Stark.

Acabar periódicamente con la vida de ciertos personajes es una estrategia facilona, pero racional, sobre todo en un contexto de violencia. Es entendible que en Westeros la mitad de los habitantes estiren la pata. No ver una sola gota de sangre durante una invasión extraterrestre, como ocurre al final de Avengers, es tan inverosímil que le resta peso al conflicto. El cine hollywoodense no siempre fue así. Star Wars, la primera megafranquicia de verano, mató a tres de sus personajes principales y le cercenó la mano a su protagonista. ¿Cuánto del éxito de la desordenada The Dark Knight se debe al carácter auténticamente volátil de El Guasón, un loco que vuela en mil pedazos a la damisela en apuros? En cualquier lucha entre buenos y malos, debemos creer que los héroes pueden acabar hechos picadillo o chicharrón. Toda historia se devalúa cuando el único resultado posible es la victoria del bien.

Pero no sólo de dudas se nutre el espectador. Game of Thrones nos ha sometido a una cantidad tan inmensa de asesinatos y traiciones que ahora es víctima de un problema paradójico: para sorprendernos necesita poner en jaque a su reina o a su rey. La muerte de un peón –así sea una niña llevada a la hoguera por su padre– es ya un trámite.

La audiencia no es tonta. Si una serie abusa de la muerte como recurso, nuestro mecanismo de defensa natural es pensar dos veces antes de interesarnos en un personaje nuevo. Una obra que apuesta al shock como gancho está destinada a ser tan relevante como un escándalo de la prensa rosa. Game of Thrones a veces confunde la carnicería con la sofisticación narrativa, lo barato con lo valiente. ¿Se redimirán al final de la quinta temporada? Los últimos dos episodios apuntan hacia allá, así que disfrutemos este momento. En Westeros, la esperanza dura poco.

Twitter: @dkrauze156

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