Opinión

Lo innombrable

 
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ME. Violencia y  política social.

“¿Pueden, el crimen organizado y el gobierno, ser considerados –al menos, algunas veces– una y la misma cosa?” Así arranca Francisco Goldman su artículo de hace unos días en el New York Times. El texto de Goldman me produjo una sacudida que no esperaba. Hasta antes de leerlo sabía que estaba un tanto anestesiada frente a lo que ocurre en México, pero no sabía cuánto.

Imagino que nos pasa a muchos. Son tantas las monstruosidades cotidianas, tanta y tan brutal la violencia, tantas las afrentas a la civilidad y a la humanidad más básicas que uno acaba por armarse su caparazón para no sentir y para poder inventarse una y mil y formas para mirar a otro lado.

No es sólo la sucesión interminable de hechos esperpénticos lo que nos ha llevado a tantos mexicanos a endurecer la piel y a refugiarnos en nuestras conocidas y más o menos cómodas madrigueras privadas. Es, sobre todo y como tan bien lo ha explicado Fernando Escalante, la falta de un relato que les dé sentido a esos hechos lo que nos ha llevado a tantos a convertirnos en una suerte de exiliados en nuestra propia tierra.

Zombies que están sin estar. Hordas de mexicanos sintientes y pensantes fugados hacía lo íntimo, para protegernos, sí del horror, pero, sobre todo, del sin sentido.

Así estamos. Sin claves compartidas para entender la frecuencia y magnitud de la violencia de todo tipo que nos reportan a diario, cada minuto los periódicos, los noticieros, las redes sociales. Horrorizados, al principio, frente lo descarnado de la barbarie o cuando volteamos a mirar y logramos conectar con el dolor que nos produce la última jovencita secuestrada y muerta. Sobre todo y en el fondo: instalados en el desconcierto y la incomprensión profundos. Perdidos en el espacio, desprovistos de asideros, de significados comunes que nos permitan nombrar, organizar, entender y discutir en colectivo –más allá de la cháchara– lo que ocurre, lo que nos está ocurriendo.

No ayuda en absoluto y, más bien, contribuye cotidianamente a intensificar este estado de desconcierto generalizado un periodismo que lejos de ayudarnos a entender, nos va reportando, en piloto automático, sucesos a cuan más terroríficos y disparados e incomprensibles uno del otro. Hechos y eventos en solitario, sin contexto, asignación de peso relativo o clave de interpretación que haga posible organizarlos y darles algún significado que los haga mínimamente comprensibles. Sucesos que se van hilvanando y proyectando como la 'normalidad', como lo que 'es', sin mayor explicación, sin ninguna partitura que permita entenderlos.

El problema es que esta 'normalidad' hecha, entre muchísimos otros esperpentos, de descabezados, de muerte y violencia a granel, de periodistas asesinados sin que pase nada, de políticos que en lugar de comprar medicinas para los hospitales públicos se embolsan el dinero para sus placeres privados, no nos resulta 'normal' a la inmensa mayoría de los mexicanos. Y ahí el origen de la desconexión psíquica en la que nos encontramos como colectividad: la 'normalidad' presentada como tal no cuadra con la idea de normalidad interiorizada por la mayoría y el país entero se sume en una suerte de esquizofrenia aparatosa y al mismo tiempo invisible y, por tanto, innombrable.

El texto de Francisco Goldman me sacudió no porque en él se haga público algún hecho u acontecimiento desconocido o especialmente espantoso. No hay en ese texto ninguna 'noticia' de esas que nos reportan cada día y a cada minuto los medios o las redes sociales.

Goldman no nos reporta ningún suceso nuevo. Todos los hechos a los que se refiere en su artículo son ampliamente conocidos. Atenco, el movimiento #YoSoy132, la cadena imparable de asesinatos de periodistas mexicanos, el uso sospechosísimo por parte del gobierno federal de un spyware diseñado por sus proveedores exclusivamente para obtener información sobre grupos terroristas o criminales (no para ser usado con periodistas o activistas a favor de los derechos humanos). Nada nuevo en plan 'noticia'.

Lo que me sacudió del texto de Goldman fueron sus preguntas y el espacio que ellas abren para atisbar un horizonte de inteligibilidad que vuelva comprensible el sin sentido, esa realidad no nombrada, esa realidad profundamente desconcertante y, en tantos y dolorosos sentidos, innombrable, que vivimos desde hace tiempo los mexicanos, todos los días.

“¿Pueden, el crimen organizado y el gobierno, ser considerados
–al menos, algunas veces– una y la misma cosa?”


“¿Para quién trabaja el gobierno de México?”

O, como lo puso Escalante en su texto de Nexos en su número de diciembre del 2015:

“La sociedad mexicana experimentó [con la desaparición de los 43 estudiantes en Iguala] un acontecimiento excepcional. Y necesitaba que se reconociese como algo excepcional. La frase ‘Fue el Estado’ abría todas las posibilidades. Ofrecía una manera nueva de entender el orden político. … este Estado [que] es una concentración del poder que junta a políticos, policías, empresarios, criminales, en un sistema de exacción predatorio, que ha hecho funcional –y cotidiana– la violencia extrema, y la absoluta degradación de la sociedad...”

En tanto no le entremos a estas preguntas, seguiremos paralizados y sumidos en el desconcierto y en el sin sentido.

Twitter: @BlancaHerediaR

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