Opinión

Lo difícil

  
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Soledad (Shutterstock)

Muchas personas creen que las matemáticas son difíciles o que la física y la química pueden incluso ser peores. Por eso se le tiene gran respeto a quien se dedica a esas actividades. Un respeto no exento de conmiseración porque en el estereotipo, el físico o el matemático son personajes con serias dificultades para relacionarse con otros seres humanos. De ahí el cuento del 'genio loco', por ejemplo. Y es que todos creen que esas disciplinas son difíciles, mientras que relacionarse con los demás es algo fácil, natural, que no requiere esfuerzo.

Bueno, la realidad es totalmente opuesta. Esas disciplinas que se creen complicadas son, en el fondo, bastante sencillas. Requieren concentración y dedicación, como cualquier otra actividad que debe uno dominar para empezar a disfrutarla. Lo más cercano que hay, creo, es un instrumento musical, que requiere muchas horas de esfuerzo para empezar a sonar medianamente aceptable, y que no puede abandonarse por muchos días sin que se note. Pero dedicación y concentración bastan. El talento hace la diferencia final. En cambio, las relaciones con los seres humanos, que tan fáciles se ven, resultan ser la actividad más compleja que enfrenta una persona. El director técnico de un equipo de futbol dedica más tiempo a resolver 'temas de vestidor' que a plantear tácticas. Lo mismo hace un director en una empresa: hay que ocupar más tiempo en coordinar al equipo, limar asperezas, convencer, que en tomar decisiones específicas de producción, ventas, o lo que sea.

Visto así, resulta que la actividad más compleja que puede acometer un ser humano es la política. En ella no se trata de controlar 15 o 18 egos, como en el futbol, o un equipo de 20 colaboradores cercanos en una empresa. En la política se tiene que encontrar una forma de coordinar, tranquilizar, motivar a millones de personas. Y además, al equipo cercano. Y por si fuera poco, hay que sumarle la capacidad de negociar con otros que se dedican a la misma actividad. Hasta hace unos años, esto era más controlable porque el mecanismo de conexión entre el político y sus seguidores eran los medios masivos: un par de cadenas de televisión, un par de periódicos nacionales. Es decir, cuatro o cinco intermediarios, un equipo cercano de 10 o 15 personas, y tal vez tres o cuatro interlocutores principales. No más de 25 conexiones humanas. Algo difícil, pero no imposible de resolver.

El fin de los medios masivos y el ascenso de las redes sociales han cambiado las cosas por completo. Ahora hay literalmente miles, o decenas de miles, de personas que se han convertido en interlocutores. Forman grupos que tienen intereses comunes, pero siguen siendo al menos centenares de grupos, y cada uno quiere atención. No hay ser humano que pueda lograrlo. Todos los políticos empiezan a ser evaluados negativamente. La diferencia entre gobierno y oposición se magnifica: el opositor sigue como antes, en un grupo pequeño y manejable; el gobernante está ahogado.

En breve: la actividad más difícil de los seres humanos es relacionarse con otros de su misma especie. Paradójicamente, las personas creen que eso es fácil, porque lo hacen desde pequeños. Pero lo hacen mal, casi siempre, y por eso las familias disfuncionales, los conflictos de oficina, los pleitos callejeros. En el extremo, existe un grupo de personas que enfrentan este problema en su máxima expresión: los políticos. Gobernar siempre ha sido difícil, pero en lo que va de este siglo se ha hecho imposible.

El derrumbe de legitimidad ha abierto el espacio a los experimentos populistas y demagógicos. No porque su oferta sea atractiva, sino porque la evaluación a quien gobierna es mucho más dura que antes. Hay que evitar que esto nos conduzca por rutas que sabemos que terminan siempre en tragedias.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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