Opinión

Lo dicho, Diego Urdiales


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Diego Urdiales

Como los buenos tintos, Diego Urdiales está cada año mejor en su interpretación y expresión torera; lo del vino viene a cuento por ser riojano de nacimiento. Cuarenta años de edad, más de 25 dedicados al toro en cuerpo y alma.

En esta misma columna, el pasado 1 de septiembre escribí sobre la lección de vida que fue su soberbia actuación en la Feria de Bilbao de este año. El 2015 sin duda es el año de la recompensa, no sé si el mejor de su carrera, porque desde niño torero gustó e impactó al medio taurino.

Diego Urdiales posee gran solidez en su tauromaquia. Su forma de vestir de luces, el cuidado en el más mínimo detalle en la proporción de la ropa; no es un hombre alto y, sin embargo, vestido de torero se ve sobrio y elegante; tiene asimilado el oficio y lo ejecuta de una forma muy personal, basada en la ortodoxia máxima de la tauromaquia, la verdad. Con esto no quiero decir que él se la juegue más que otros, cuando hay un toro en el ruedo el peligro es inmenso para los toreros de oro o plata, simplemente Diego utiliza siempre sus mismas cartas, a las que podemos definir como su concepto, el cual cuenta con matices técnicos para poder aprovechar a un mayor número de toros; para aplicar dichos matices e integrarlos a su tauromaquia se necesita una cabeza privilegiada, llena de conocimiento del toro, de su comportamiento, de las señales que da en el ruedo, cómo marca sus distancias, sus tiempos y sus ritmos. Son pocos los toreros capaces de observar, analizar y entender lo que necesita un toro en el ruedo con tan solo verle galopar y embestir, la gran mayoría de los toreros van asimilando durante la lidia, los privilegiados como Urdiales de manera innata entienden, sienten y resuelven.

Tras su estupenda temporada europea, su nombre sonaba entre los aficionados para verle en nuestro país. Decepción, las empresas no apostaron por él para este invierno pese a la gran trayectoria del riojano; pero los tiempos de Dios y del toro son muchas veces inexplicables, Diego se ve anunciado en la Plaza México para sustituir al maestro Enrique Ponce, hecho que por sí solo le debe llenar de orgullo, se le seleccionó para sustituir a una figura del toreo, reconociendo su trayectoria y momento de madurez.

El toro es el rey de esta fiesta. En el campo hidalguense de la ganadería de Bernaldo de Quiroz, hace cuatro años vino al mundo un becerro precioso, negro girón, de estupenda ascendencia genética, lo que en el medio ganadero se denomina “reata”. Quizá cuando este becerro nació, Diego pasaba por momentos duros como profesional, con pocas corridas de toros y relegado de las mejores ferias de España; seguramente este becerro estaba ya escogido para una plaza de primera: ¿México? ¿Guadalajara? ¿Aguascalientes?

Son tantos y tantos factores que se deben alinear para que las cosas en el mundo del toro tomen vida. El domingo 15 de noviembre se encontrarían Diego y el toro “Personaje”, no. 645 con 505 kilos; a su salida, Diego le midió las condiciones con cuatro estupendas verónicas; el toro, cuya bravura requería de llegarle mucho a la cara, no lo puso fácil en banderillas. Con la muleta, tras brindar por los micrófonos a Francia, país donde se hizo matador, inició una de las faenas más bellas, más recias y de mejor contenido que hemos visto en los últimos años. Urdiales sabía desde antes de comenzar la faena que al toro había que torearle de cerca y que “Personaje” poseía las cualidades y bravura para ser un cómplice de la magia del toreo, porque sin toro y bravura no hay toreo, y “Personaje” reunió ambas condiciones.

Durante la primera tanda, toro y torero ya habían sumado un tercer protagonista, el público, este monstruo de mil cabezas que puede comportarse de forma excepcional y vibrar ante lo que acontece en el ruedo o puede ser duro juez de la propuesta taurina de cualquier torero. El público de la México en especial es uno de los mejores, puede por momentos caer en cierta informalidad, pero cuando hay verdad y toreo bueno en el ruedo, es capaz de rugir y elevar la emoción de la belleza del toreo a alcances emocionales infinitos, lo vemos en el rostro de los toreros que han sido capaces de lograr esta comunión; lo de La México es aparte. Ahora no es fácil que esto se dé, pero el domingo pasado Urdiales dictó cátedra teniendo como lienzo el ruedo y como inspiración la bravura de un toro que brindó formidables embestidas, con el morro metido entre sus patas, la cabeza muy humillada y toda su bravura contenida en su impresionante musculatura al ritmo de una muleta. Qué grandeza, qué belleza y qué arte.

Urdiales, vaya “Personaje”, un torero de época, de cualquier época del toreo, porque su concepto encaja en cualquier siglo de tauromaquia.
Bienvenido maestro, enamórese de México para que esto sea recíproco, aquí encontrará usted inspiración para dar rienda suelta a su ser torero.

Twitter: @rafaelcue

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