Opinión

Llama el Papa a cuidar la casa común (II)

 
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Papa Francisco

Nos referimos en nuestra colaboración de la semana pasada al carácter vanguardista de la carta encíclica “sobre el cuidado de la casa común” que emitió el Papa Francisco el 24 de mayo de este 2015.

La encíclica en cuestión es un hito ante el fracaso de las burocracias que firman acuerdos internacionales que no cumplen y que están evidentemente rebasados por el deterioro de las condiciones ambientales, las cuales son cada día menos seguras para la vida en el planeta.

La encíclica papal restablece, por un lado, la condición sagrada de la naturaleza, rota por la idea de que el género humano está por encima de ella y la puede dominar y explotar a su antojo, sin límites.
Por otro lado, la encíclica reclama que “la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana”.

Para lograrlo, “la política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia”.

El desafío al que se refiere el Papa es nada menos que «cambiar el modelo de desarrollo global» y exige, para lograrlo, que la política, en tanto que resultante de la voluntad de las mayorías, vuelva a prevalecer sobre la lógica económica.

Al marxismo hay que atribuirle la tesis de que la lógica económica opera en el capitalismo con independencia de la voluntad social, dado que la competencia mercantil tiene reglas eficientistas implacables e inapelables.

A esa lógica implacable atribuye el Papa la crisis social y ambiental, resultado de un “crecimiento voraz e irresponsable que se produjo durante muchas décadas”.

Su propuesta medular: “hay que pensar en detener un poco la marcha, en poner algunos límites racionales e incluso en volver atrás antes que sea tarde.

“Ha llegado la hora de aceptar cierto decrecimiento en algunas partes del mundo, aportando recursos para que se pueda crecer sanamente en otras partes”.

La teoría del decrecimiento nació en Francia con Serge Latouche y otros pensadores europeos. Su premisa de partida es que el crecimiento industrial ilimitado es insostenible.

Producimos y consumimos como si dispusiéramos de 1.25 planetas y si todos consumiéramos lo mismo que un estadounidense medio, se necesitarían cinco planetas.

Decrecer consiste en desarmar el modelo industrial para hacer de la economía un medio para el cuidado y la preservación de la vida humana y del planeta.

Es una utopía, dada la racionalidad capitalista y el poderío de los intereses económicos dominantes, pero el razonamiento detrás de ella es muy poderoso: el sistema actual de negocios abusó de la naturaleza al grado de poner en riesgo la vida en el planeta.

“Cuando se plantean estas cuestiones, dice la encíclica que nos ocupa, algunos reaccionan acusando a los demás de pretender detener irracionalmente el progreso y el desarrollo humano. Pero tenemos que convencernos de que desacelerar un determinado ritmo de producción y de consumo, puede dar lugar a otro modo de progreso y desarrollo”.

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