Opinión

Línea 12: todo le revienta a Ebrard

No veo cómo Marcelo Ebrard se escape de la responsabilidad por el escándalo generado por su descoordinación en la construcción de la Línea 12 del Metro. Su ego, nada pequeño, le orilló a elegir un camino alternativo a lo que en otras partes del mundo habría sido un estándar: solicitar el proyecto llave en mano; es decir, asignarlo a un solo gran consorcio que ejecutara de inicio a fin el proyecto, y que se responsabilizara de la puesta en marcha de la mayor obra de su administración.

Pero Ebrard pensó diferente. En cambio, eligió atomizar el proyecto en dos vectores; primero, organizativamente dentro del Gobierno del Distrito Federal, separando la entidad Proyecto Metro del Sistema de Transporte Colectivo; y segundo, involucrando a varias empresas.

El resultado es una matriz difícil de coordinar para un político que no domina la ingeniería del transporte. Aprendió algo, aunque ahora queda claro que aprendió mal. Faltaron los cursos mínimos de project management en la universidad.

Porque es increíble que a estas alturas del debate público en la materia estén saliendo expertos en curvatura de vías, en durmientes y en la separación idónea que debe observarse entre los ejes de las ruedas. Se dice ahora que la línea tiene más curvas de las que debió tener en el trazado, y que la separación de los ejes debió ser 2.2 mts, y no 2.5 mts, como se entregaron.

También se sabe que la longitud de los coches fue inadecuada. Total, todo está mal, y cientos de miles de personas sufren de nueva cuenta el horror de los traslados de horas.

Pero todo eso el ciudadano no tendría por qué saberlo. Cuando un proyecto de infraestructura está bien hecho, la vara con la que se mide su éxito es simple: su uso. Punto. Las curiosidades de las obras magnas, para los interesados, quedan reservadas para la barra programática de National Geographic.

Por el contrario, cuando las cosas están mal hechas, como la Línea 12, los ciudadanos intentan comprender, lógicamente, qué está ocurriendo, y los políticos se están volviendo expertos en aprovechar la revoltura del discurso público para esconder sus reales responsabilidades.

De todas las defensas presentadas la más impecable ha sido la de CAF, que vendió los carros. ¿Por qué impecable? Porque tira los argumentos de los demás diciendo que sus trenes siguen rodando en la parte que no se cerró. Ello es cierto: si los trenes fueran el problema ya se habría cerrado toda la línea.

La Línea 12 es un fracaso gigante para el futuro de Ebrard. En ese proyecto concentró la mayor parte de su energía durante su administración. Que le venga a reventar ahora debiera ser señal suficiente para que comprenda que un camino futuro es dejar la vida pública.