Opinión

Libro y lectura

 
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Los libros,considerados "malditos", han sido prohibidos ya sea por connotaciones políticas, sexuales o religiosas. (Cortesía)

A Hernán Lara Zavala.

Uno. El distingo, Libro y Lectura, que da título a este artículo, no es mera ocurrencia. Me explico. Bien distribuido, un libro acciona uno de los derechos individuales fundamentales: la elección de lectura (no confundamos, menos aún en el deplorable estado de la democracia mexicana, “lectorado” con electorado). Elección predeterminada o de bote pronto, intuitiva.

Sostengo que no se aprecia sociológicamente, socialmente, la concentración (iba a escribir unción), casi religiosa, con la que el lector posible recorre la Mesa de Novedades. Que, aunque usted no lo crea, las hubo a porrillo en esta ciudad.

Pletóricas, plurales, real espacio para elegir. Las librerías Zaplana y Del Cristal; El Sótano y Gandhi originales. Sin que importara la previa influencia de la vocinglera publicidad o de la discreta recomendación.
Por el contrario, la promoción de la lectura, que puede referirse al libro, al periódico, a la revista o al comic, atañe a políticas de difusión y/o extensión. Públicas, privadas, universitarias.

Juzgo decisivo no confundir libro y lectura. ¿Qué decir, a guisa de ejemplo, de los libros que se preservan para la playa o para los inviernos del Alma? A las campañas de lectura, en cambio, las pautan la inmediatez, los resultados, las estadísticas, el reloj en mano.

Hablando de campañas, no recuerdo quién rayos prescribió la dosis de 20 minutos de lectura diaria, ni uno más ni uno menos. Sin especificar si se incluían sábados y domingos y días feriados.

Ya que, el golpe avisa, se va a poner de moda la Constitución de 1917, podemos afirmar que el libro se inscribe en las Garantías Individuales, mientras que la promoción de la lectura lo hace en las Garantías Sociales.

Libertad de elección y Derecho a la Educación.

Dos. Hombre de libros, como todos los de su constelación ateneísta, José Vasconcelos (él, la neta como dice falto de imaginación el PRI, hombre de libros y del poder), al tiempo que acometió la alfabetización vía la Universidad Nacional de México, definió (defendió) su contenido: el libro, la revista, los folletos pedagógicos.

El presidente Obregón, su puntual cómplice, había asignado a la UNM los Talleres Gráficos de la Nación (y ya estuvo bueno de escatimársele la medida, como se le escatima a Ávila Camacho la expropiación de los terrenos ejidales sobre los que su sucesor levantaría la formidable Ciudad Universitaria).

Estaba con “Vasco” (don José, no Aguirre).

Con el antecedente del programa cultural, impulsado por Justo Sierra, de las fiestas centenarias de 1910; al titular de la Secretaría de Educación Pública, por él y para él creada, corresponde la autoría de la primera política pública de promoción de la lectura en México contemporáneo. Esto mediante un sistemático, osado, profético programa editorial (Clásicos, lecturas para niños y niñas, revista El Maestro) que hizo frente a un panorama librero dominado por el libro comercial y una raquítica industria cultural nativa (Porrúa, Botas, Cvltvra; todas beneméritas).

Independientemente de los resultados fehacientes, Vasconcelos enseña a leer (y a sumar palitos) y pone el libro en situación de lectura.
Y no debe omitirse que el Nuevo Estado Revolucionario, todavía tuvo aliento para crear, en 1959, la Comisión Nacional de Los Libros de Texto Gratuitos y construir, en 1964, el Museo Nacional de Antropología e Historia. Rango, fuerza, tradición, que no le reconozco ni al CONACULTA, ni al FONCA, ni al SNC, tan coyunturales; y, por supuesto, le niego a la Macrobiblioteca, una pifia más del foxismo disque panista. Por cierto, ya se desató, sin consulta ni sustento, la “grilla” de una Secretaría de Cultura. ¿Para lo mismo?

Tres. Una evocación más. El año 2000, me sumé al esfuerzo documental que, sobre el Ateneo de la Juventud, había desplegado Juan Hernández Luna (historiador de la cultura lamentablemente olvidado). Con tal motivo exhumé un texto de Vasconcelos publicado en 1946, por demás jugoso, que el oaxaqueño llamó: “El secreto del Ateneo”.

Don José abate amarguras políticas y reclamos generacionales (“lo que se perdieron perdiéndome”, escribe a Teófilo Olea y Leyva), para echar un vistazo a aquella primera revuelta cultural del siglo XX (la segunda casi cubre los 60’s), de la que fue protagonista.

Sin dejar de reconocer simpatías y diferencias, las distintas personalidades del grupo (digamos el propio Vasconcelos, maderista, frente a García Naranjo, porfirista y huertista), revela y exalta el secreto del Ateneo.

¿Qué secreto?

La lectura. Lectura no de citas librescas, sino directa, de primera mano. El tino de las lecturas elegidas, lectura en grupo, y algo fundamental: su “irradiación”. Porque no debe olvidarse que la del Ateneo fue la primera tropa intelectual con agudo compromiso social. Tanto que fundó una Universidad Popular Mexicana, activa entre 1912 y aproximadamente 1921, 1922.

Cuatro. Del experimento pro-lectura (por ponerme elegante), musicalización de aforismos de mi autoría para sonar en la boca del lobo, los lugares del hedonismo juvenil popular (masivo), al que me invitara una probada agencia publicitaria, me ocuparé más adelante.
No era la primera vez que yo exploraba un experimento semejante (cabaret, recital) con mis textos. Abordaré, como decía, la cuestión, apenas me oriente, habitante que soy de la Galaxia Gutenberg, en la tormenta levantada en las Redes Sociales. A las que no dudo en llamar Nueva Voluntad General.

Por cierto, al libro base, Tren subterráneo, por haberse escrito en las entrañas del metro de la Ciudad de México, dado el rebumbio, el tiroteo, opiniones a favor, opiniones en contra, persignadas y alientos, una amiga lo rebautizó: Línea 12.

O Línea Dorada, como se le promovió en un sueño que terminó de cangrejo.

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Fuentes: malahora