Opinión

Libertad de expresión

 
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Fotógrafo. (Cuartoscuro)

James Madison fue un abogado estadounidense considerado como uno de los más influyentes de los “padres fundadores” de la nación norteamericana. Fue miembro de la Convención de Virginia que declaró la independencia contra Gran Bretaña y elaboró la Constitución de aquel Estado en 1776. Más tarde fue consejero de Jefferson y miembro del Congreso Continental en 1780 y se convirtió en asesor del primer presidente George Washington. De Madison se dice fue el redactor en jefe de lo que más tarde sería su Carta Magna y, al hacerlo, dispuso que el artículo primero estuviera asentado en la libertad de expresión. Argumentó lo siguiente: “sin libertad de expresión nada tiene sentido”.

Esto viene a cuento ya que en la Feria Internacional del Libro en Oaxaca reflexionarán sobre el significado que en las sociedades modernas tiene la libertad de expresión. Esto tiene entre nosotros hondura y ramificaciones, dado que Reporteros sin Fronteras considera a nuestro país un lugar peligroso para ejercer la actividad profesional de informar.

Ocurre que ciertamente no tenemos la paz de Finlandia ni la presumible estabilidad de Costa Rica, pero también es menester recordar que en la misma capital francesa han ocurrido hechos sangrientos y asesinatos con motivos que engloban a la libertad de investigar y publicar. Es el caso de la revista satírica semanal Charlie Hebdo.

Sus caricaturas y textos considerados irreverentes desembocaron en una matanza de periodistas y escritores. De nuestro país los casos forman un listado en el que hasta por hechos ajenos como ha sido el caso Narvarte, relacionado con drogas y prostitución, se involucró a un fotógrafo reportero.

Por supuesto hay de todo. En nuestros días hay un verdadero ejército de comentaristas, reporteros, cartonistas que en todo tipo de diarios, revistas y emisoras de radio y televisión, desempeñan su trabajo. Pero también y quizás hasta en número mayor, hay otro ejército de supuestos profesionales de la información que no lo son. Ni se informan ni investigan, no rinden cuentas a nadie de su trabajo y con temeraria facilidad mienten y calumnian. Con exquisita irresponsabilidad acusan sin probar, falsean datos y acomodan a sus particulares intereses los hechos derivados de rumores y especies que circulan sin fundamento.

Cito como ejemplo de ello el que el director de cualquier medio, sea diario, revista o emisora, quiera enterarse de lo que se publicará al día siguiente o en el próximo noticiario. Convocará regularmente a sus jefes de información y redacción, al reportero responsable de tal o cual noticia; querrá saber cuál será la nota principal, cómo va el desarrollo del reportaje encargado, quiénes escriben los comentarios y el contenido de las caricaturas. ¿Y la sección de economía, política exterior, notas de actualidad? Y un sinfín de tareas conexas al desarrollo del devenir de todos los días. ¿Acaso eso es censura? Es justamente lo contrario, es ni más ni menos que responsabilidad compartida, es lo propio del periodismo. Exigir esfuerzo, dedicación, rigor y ese conjunto de elementos coronarlo con talento, es lo que hace la distinción entre el buen periodismo y la mediocridad. Es justamente lo que pide el público al que se sirve.

Nuestra imperfecta democracia, nuestro caminar a tropezones, ya se caracteriza por los avances notables que en libertad de expresión hemos conseguido. Nada se compara a los tiempos del partido hegemónico en donde imperaba la censura cinematográfica, el condicionamiento de las redacciones. Recordemos la protesta popular en 1968: “prensa vendida”; los noticiarios grises y reiterativos en frases laudatorias a las autoridades.

Ahora lo vemos con la claridad que da la distancia: el panorama es otro, basta acercarse a los quioscos de periódicos, sintonizar las emisoras de radio, escuchar la diversidad de opiniones, ver la increíble pluralidad de criterios y el encendido talento de nuestros creadores.

Hoy podemos constatar que el interés general, para que sea reconocido como tal, no suprime los conflictos ni la confrontación de intereses. Antes bien, organiza el tratamiento pacífico, civilizado, garantiza el reconocimiento de todas las voces y busca la ampliación del pluralismo. Eso lo hemos conseguido los mexicanos en los últimos lustros, no ha sido regalo de nadie, lo hemos conseguido venciendo los mil obstáculos que cada sociedad origina. Y así continuaremos...

Twitter: @RaulCremoux

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