Opinión

Libertad de expresión, ni un paso atrás

 
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Módulo especial Julio Scherer

El caso de Carmen Aristegui ha puesto nuevamente el tema de la libertad de expresión en el radar de los mexicanos. Asegura MVS que su decisión de despedirla junto con dos de sus colaboradores fue por razones de indisciplina frente a las reglas de la empresa, pero Aristegui entremezcla en sus argumentos la mano del gobierno al haber descubierto y hecho público, después de una amplia investigación, el famoso caso de la 'casa blanca' en el que el presidente y su esposa, junto con Televisa y el Grupo Higa, se ven involucrados… y a esto se le agrega la revelación del Wall Street Journal relativa a la casa de campo de Luis Videgaray, el poderoso secretario de Hacienda, adquirida en condiciones favorables por parte del mismo proveedor de la familia presidencial, mismo que ya había sido beneficiado con cuantiosos contratos en el Estado de México, cuando Enrique Peña Nieto era gobernador.

No hacemos juicio alguno respecto de a si hubo intervención o no por parte del gobierno en el caso Aristegui, pero sí nos lleva a una reflexión obligada: la libertad de expresión, una vez conquistada, no la podemos perder.

En los viejos tiempos del PRI, la libertad de expresión estaba severamente coartada y cuidado con aquel que intentase rebasar la línea trazada por la “dictadura perfecta”, así llamada por el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. El Excélsior, el diario de mayor circulación en décadas pasadas dirigido por Julio Scherer en aquélla época,  no aceptó las reglas del juego y pagó las consecuencias. Tanto él como los periodistas más renombrados de ese diario se vieron obligados a presentar su renuncia debido a la presión del gobierno.

¡Cómo recuerdo a ese viejo PRI que tanto daño causó al país en lo que toca a libertad de expresión (y en otros también) dentro de su política de la “dictadura perfecta”! Echeverría, López Portillo, De la Madrid y Salinas, fueron sus mejores representantes. Afortunadamente el presidente Zedillo, por las razones que usted quiera suponer y que yo atribuyo a una ya inaguantable presión de la sociedad, otorgó la apertura suficiente como para lograr lo inimaginable: el cambio de régimen por la vía democrática, vía que anteriormente era una burla y una farsa sin límite alguno.

El caso de Carmen Aristegui tiene muchas facetas ¿Fue sólo un pleito entre periodistas y sus patrones? ¿Hubo alguna “recomendación” o solicitud abierta por parte del alto mando? Difícilmente lo vamos a descubrir los ciudadanos de a pie. Pero los mexicanos tenemos que “parar la antenas” y estar atentos y advertir que no podemos ni debemos aceptar limitación alguna a la sana libertad de expresión, particular, pero no exclusivamente, a aquella que es crítica del gobierno y de sus instituciones, que tanto tiempo estuvo amordazada y con tanto esfuerzo logramos liberar. Ya no podemos aceptar al tlatoani que imperó durante tantos años y al que nadie podía tocar. La crítica, aún cuando en ocasiones raye en lo irresponsable, es mil veces preferida a aquella que ensalza a los poderosos y cobra revancha con quien rompe sus reglas. Ese oprobioso sistema ya lo superamos y no aceptaremos que asome la cola y pretenda, poco a poco, ir ganando terreno. Lo muerto, muerto está, y debemos dejar que repose en la tumba de la ignominia.

No debemos aceptar la imposición oficial de la mordaza por intereses particulares cuyos usos y costumbres en materia de libertad de expresión los padecimos todos los mexicanos durante tantos años.

Estemos alertas, muy alertas, a lo que en esta materia vaya sucediendo. No me agradan algunas señales que aparecen en el horizonte.

El autor es presidente de Sociedad en Movimiento.

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