Opinión

Ley y miedo

 
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Palabras de Trump no crearán empleos.

Cuando Donald Trump avanzaba en las encuestas durante la campaña presidencial, distintos juristas decían que independientemente del resultado, las instituciones de la democracia norteamericana eran lo suficientemente sólidas para contener los impulsos extralegales de cualquier mandatario irresponsable y con deseos de modificar la realidad a su gusto. De hecho esta situación inédita de un autócrata al frente de la Casa Blanca, además de haber sido imaginada en literatura de política ficción, era y es parte sustancial de la formación de abogados en los Estados Unidos desde el primer semestre de la carrera.

La idea de que un personaje malévolo pueda llegar a la Casa Blanca por la vía electoral, es el argumento fundamental que legitima el Estado de derecho, la Constitución de los Estados Unidos de América y su enmiendas, y la división de poderes, como aquellos poderosos instrumentos que anularían la voluntad de un hombre de mal, de dañar a determinados sectores de la población a pesar de haber sido electo por la mayoría del pueblo. Lo que siempre fue un ejercicio teórico y de justificación del sistema político norteamericano, hoy está siendo puesto en práctica con el riesgo que esto implica.

Y es que al menos desde la Segunda Guerra Mundial, y durante la Guerra Fría y el desmoronamiento de la Unión Soviética y su bloque, los gobernantes norteamericanos se ciñeron a un Estado de derecho que, cuando fue violado como en el caso Nixon, devino en la renuncia del primer mandatario. Hoy, Trump no es un hombre de leyes, ni de instituciones, ni mucho menos de respeto a la legalidad establecida. Por el contrario y como lo dijo Joseph Stiglitz en su visita a México la semana pasada: “La estrategia básica de Trump es sembrar disentimiento; su estrategia es sacarlos de balance, es debilitar al otro lado. Entonces es por eso que está tratando de avergonzar a Peña Nieto, para debilitarlo”.

Es Trump un apostador nato, que hoy cuenta con el enorme capital político que le da la presidencia de los Estados Unidos y por eso su desprecio a los otros poderes, desde los medios de comunicación críticos hasta los jueces como el fiscal Ferguson del estado de Washington, quien consiguió detener temporalmente su absurdo decreto migratorio. Es desde la Casa Blanca de donde salen las filtraciones para amedrentar presidentes y primeros ministros, alentando así la política del miedo frente a la de la ley. Las restricciones a la inmigración han desatado no sólo rumores de todo tipo con respecto a la cancelación de visas, también han aumentado la discrecionalidad de los agentes fronterizos para impedir la entrada al país a quienes consideren inaceptables, sin importar consideración alguna.

Es esta la política del miedo que ahuyenta a migrantes, pero también a turistas, estudiantes, científicos, inversionistas, y todo ese enorme conglomerado vinculado al crecimiento económico del país más poderoso del planeta. Hoy “la tierra de los libres y el hogar de los valientes”, como concluye el Himno Nacional de los Estados Unidos, está llevando a cabo una prueba de máxima resistencia a sus instituciones democráticas. País de inmigrantes, de libertades y oportunidades, vive hoy la noche oscura de quienes pretenden sustituir la ley, la verdad demostrada por los hechos, y la tolerancia a la diversidad, por el decreto incuestionable del autócrata y sus secuaces.

El escritor Charles Lewis, autor del libro 935 mentiras: El futuro de la verdad y el debilitamiento de la moral en los Estados Unidos, dijo refiriéndose al cuestionamiento a Trump: “La verificación de los hechos se convierte en un acto de guerra de los medios”. Es la lucha entre la democracia y un proyecto totalitario que amenaza a la humanidad en su conjunto. Así de grave.

Twitter: @ezshabot

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