“Voy, pero no me pregunten...”
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“Voy, pero no me pregunten...”

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“Voy, pero no me pregunten...”

15/03/2018

La negativa reiterada de Andrés Manuel López Obrador a debatir con sus contrincantes puede obedecer a una estrategia de puntero que cuida y protege su posición, para evitar tropiezos y resbalones que pudieran ocasionarle algún descenso en su imagen y preferencia electoral frente a los votantes. Perfectamente válido y respetable.

Para quienes están aún indecisos, presa de los miedos y las maledicencias, preferirían ver a los tres intercambiar ideas, contrastar propuestas, inevitablemente escuchar sus insultos y acusaciones recíprocas, pero tener más elementos para una decisión consciente y razonada. Sin embargo, ese escenario parece imposible.

Está claro que AMLO cumplirá el mandato de ley de asistir únicamente a los tres debates calendarizados por el INE. Meade por su parte ha declarado que no tendría sentido debatir sin López Obrador y que no asistiría a uno entre Anaya y el propio Meade solamente, “sería muy aburrido”, dijo.

Durante estas semanas de 'intercampaña' los candidatos han asistido a múltiples eventos y espacios privados con diferentes organizaciones. Con expertos en educación convocados por Suma y otras ONG del ámbito educativo, con la ANTAD, con la Convención Bancaria.

Llama la atención que en general Anaya y Meade han aceptado participar de buena gana en todos, o casi todos y sin condiciones previas: sin preguntas preacordadas, sin temas intocables, sin filtros ni censuras. Abiertos y de frente. Excepto Andrés Manuel.

Al evento con educadores del jueves 8 de marzo ni siquiera respondió, y los intentos y esfuerzos de Esteban Moctezuma –su coordinador para educación– por lograrlo resultaron en vano.

El Club de Editores de México les giró una invitación a los tres, por separado, para sostener encuentros privados y escuchar sus propuestas. Aceptaron los mismos, y 'ya sabe quién', no. Después rectificó, y respondió que sí, pero con la siguiente condición: “Voy, pero no me hacen preguntas...”.

Una vez más Andrés Manuel comprueba y ratifica que lo suyo no es el debate, el contraste de ideas, la discusión libre y abierta de tu pensamiento frente al de otros. Ese no es su escenario, no se desenvuelve bien en un intercambio libre de postulados y cuestionamientos. La respuesta es clara: Andrés es un predicador, es un ministro de la palabra, de su propia fe, de su propia visión y concepción del mundo. Es un líder social de la vieja guardia, en la que su prédica inunda y convence a las masas, contagia a los incrédulos, seduce a los incautos. Su estilo y su oratoria, nos remiten a Lombardo Toledano en los 40 del siglo pasado, al líder histórico de los trabajadores de México y sus arengas a sindicatos y obreros. Andrés predica su fe, difunde su mensaje para ser repetido, proyectado, distribuido cual evangelio que catequiza a propios y extraños. No es un político moderno que se sienta y escucha; no es un político que construye acuerdos y consensos; lo suyo es el sermón, el discurso, la perorata, el fervorín.

Resulta increíble que un candidato a un cargo de elección popular acepte un encuentro con un grupo determinado, pero condicione su participación a la no existencia de preguntas o -agregó al final- “que las respondan mis asesores”. ¿Acaso vamos a votar por sus asesores?

Varias son las hipótesis que podrían explicar su negativa rotunda a un diálogo, a un cuestionamiento colectivo:

La primera podría ubicarse en la certeza del puntero: para qué exhibirse, para qué exponerse si lleva la ventaja.

Una segunda causa podría apuntar al cansancio de muchos años, kilómetros, campañas y preguntas: siempre las mismas, siempre los miedos y los temores, que si acepta el marco jurídico, que si no gana acepta y se va, que si las reformas. Percibo a un candidato harto de responder lo mismo a audiencias necias con las mismas preocupaciones.

Una tercera podría tener que ver con su inseguridad personal, su auténtica incapacidad para defender sus planteamientos con argumentos razonados y sólidos, no ideológicos, no sustentados en su visión del mundo y la mafia del poder y los tramposos de siempre. Sino en hechos, en datos: por qué cancelar un proyecto aeroportuario que a todas luces va a traer beneficios a México como empleos, turismo, ganancias, aunque cueste mucho. Por qué rechazar una reforma energética que aporta inversión a una industria en decadencia y con mil vicios de malas administraciones.

Pero existe una más que, a mi juicio, tal vez retrate con veracidad su postura: desdén absoluto por lo que una serie de personas, con conocimiento o sin él, le van a venir a decir al gran conocedor y sabio de la República. Desdén total hacia la gente, los votantes, los especialistas y más aún si se trata de alguien medianamente especializado en un tema.

No importa la palabra o las ideas de las demás. Importan las suyas. Sólo las suyas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.