Soberbia
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Soberbia

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Soberbia

14/06/2018

Dice la Real Academia de la Lengua Española que la soberbia se define como “altivez, apetito desordenado por ser el preferido frente a otros; satisfacción, envanecimiento…” y más definiciones.

Estamos muy próximos a la conclusión de este periodo electoral, histórico no sólo por su dimensión, sino sobre todo por su definición. En muy pocos días, a partir del resultado que arrojen las urnas, estaremos escribiendo la historia de las responsabilidades y la factura de los hechos. Aunque si hacemos caso a las encuestas, especialmente la muy numerosa integrada por entrevistas presenciales y realizada por la Coparmex (más de 13 mil encuestas efectivas), las posiciones son coincidentes con lo que marcan muchos registros de opinión pública y preferencia electoral. Un puntero con amplia ventaja, un segundo lugar distante, quien disputa con un tercero. No hay más.

Si hacemos caso, pues, a esos números –que no predictivos, sólo termómetro y registro de una tendencia– esa historia podría ya, desde ahora, empezar a escribirse.

Lo haremos en las semanas siguientes, pero creo que aparece un elemento que será definitorio de la contienda: la soberbia.

De forma muy clara y rotunda en el Presidente de la República, quien junto con sus asesores y operadores electorales definieron la estrategia del candidato del PRI. Hoy, a pocos días de la jornada, esa estrategia parece errónea porque impidió al candidato posicionarse de forma altamente competitiva frente al puntero. La causa central, más allá de estilos personales y de comunicación, la incapacidad para deslindarse del gobierno, para expresar una crítica precisa y sustentada de los excesos o carencias de la administración y obstaculizar, desde el principio, el planteamiento de una corriente de cambio y renovación.

La estrategia pareció centrarse en la continuidad, primero en el origen ciudadano del candidato y su ciertamente impecable trayectoria, y después –cuando la primera demostró su debilidad– la continuidad con cambio que representa un galimatías inexplicable.

Soberbia del Presidente al rechazar, en su momento, la iniciativa para alcanzar una segunda vuelta electoral, que buena parte de los partidos en la Cámara hubieran aprobado gustosos y que, a estas alturas, presentaría un escenario de dos candidatos competitivos en una competencia cerrada. El Presidente consideró que aceptar la segunda vuelta era tanto como anticipar la incapacidad del PRI para ganar a la primera. Aquí estamos, con un PRI lanzado a un lejano tercer lugar, y veremos cómo queda el Congreso con un tricolor disminuido, debilitado, no sólo minoritario, sino eventualmente convertido en la cuarta fuerza electoral del país.

La soberbia aparece ya radiante, exultante en el candidato puntero. Asigna cargos, anuncia nombramientos en debates, elogia a sus colaboradores como para convencer a un electorado más lleno de dudas que de certezas. AMLO soberbio, triunfador, magnánimo y generoso que le dice a Ricardo Anaya en el último debate: “Ni a ti meteré en la cárcel”, gesto displicente que proyecta ya el presidente imperial que prefigura. Aquel que decide, concede, otorga, utiliza el poder en toda su capacidad y dimensión, todo lo contrario a un demócrata, tolerante, respetuoso, atento a esa sociedad –civil organizada– de la que tanto desconfía, según sus propias palabras.

Soberbia en el candidato del Frente, Ricardo Anaya, quien dinamitó en una guerra absurda con el PRI –al que apoyó y con quien firmó las reformas estructurales a principios del sexenio– la posibilidad de una candidatura de unidad que hiciera frente al potente e indiscutible candidato de oposición. Nadie iba a poder disputarle la candidatura de oposición a Andrés Manuel, sus años, su kilometraje y trayectoria así lo garantizaban; Ricardo lo intentó a costa del PAN, de sus estructuras, de sus órganos de debate y decisión interna, a costa de Margarita y de tantos otros. Fueron arrollados por la soberbia de Ricardo, y aquí estamos, a 18 o 20 puntos del puntero.

Soberbia abundante e histórica de los priistas, quienes consideran siempre que su habilidad en la operación electoral de tierra –esa, repleta de trapacerías y desvíos legales para accionar el voto– es tan fuerte y potente como para revertir cualquier animadversión, así sean años de robos y despojos escandalosos como los de Veracruz, Quintana Roo, Coahuila, y tantos más.

Soberbia de Meade por creer que ese sentimiento de rechazo y repulsión al PRI en todo el país, podía ser revertido con el solo efecto de su nombre, su ciudadanía apartidista y su carrera limpia y honesta.

Vamos a ver qué dicen los votantes el 1 de julio. Por lo pronto, tenemos soberbia política rebosante en México –al estilo Trump, ¡qué vergüenza!– signo inequívoco de la pobreza de nuestra cultura política.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.