Esa cosa nebulosa llamada cambio
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Esa cosa nebulosa llamada cambio

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Esa cosa nebulosa llamada cambio

02/08/2018

Aparecen continuamente en redes y en comentarios ciudadanos a través de medios y blogs, la defensa rotunda de que “México ya cambió”.

La interpretación de millones, quienes sienten –es más una sensación que un proceso racional– que con la votación y el resultado del 1 de julio, México ya cambió.

La encuesta de percepción ciudadana de Consulta Mitofsky y los niveles de satisfacción, alegría o felicidad después del resultado, apuntan en ese sentido.

Me parece excelente, celebro un sentimiento extendido, mayoritario, de satisfacción general.

Difiero de la afirmación acerca del cambio.

Desde mi perspectiva, México no ha cambiado aún, ha manifestado –insisto de forma mayoritaria en las urnas– una clara, diáfana e irrefutable intención de cambio. Sin embargo, ese cambio debe materializarse en una serie de acciones, estrategias, actitudes, gastos, iniciativas, políticas, etc. Es decir, no sólo la retórica de los discursos, sino la ejecución en los hechos de los recortes, las dependencias, la política de austeridad, el auténtico y verídico combate a la corrupción, el diseño de políticas públicas que beneficie a los más necesitados, sin que eso signifique abandonar el curso de crecimiento, inversión y desarrollo. Es decir, por atender las necesidades de los pueblos de Atenco, no cancelaremos el proyecto de infraestructura más grande e importante del país y del subcontinente.

Fue Vicente Fox el primero que habló de cambio, pretendió personificarlo y convertirse en la encarnación del cambio. La historia demostró, tristemente, que no hubo tal. Fue incapaz él y su gobierno de construir una auténtica alternativa de cambio, de hacer y desarrollar un país diferente.

Y lo mismo sucedió con sus sucesores.

Peña Nieto impulsó con un histórico pacto multipartidista, una ambiciosa agenda de transformación que pretendía, en su momento, cambiar el rostro de México, impulsar el crecimiento, detonar el desarrollo, eliminar la pobreza.

Casi seis años después, sabemos que no alcanzamos esas metas. La pobreza no ha desaparecido, el crecimiento se mantuvo en los mediocres 2.5 por ciento promedio que dejaron sus antecesores. No hubo cambio, se mantuvo la inercia, se incrementó la violencia, se recrudeció la corrupción.

¿Qué significa cambio? ¿Qué entiende el nuevo equipo de gobierno y el nuevo presidente por cambio?

Algunas lecturas de sus textos y de sus discursos:

– Nuevo modelo económico que distribuya la riqueza de forma más equitativa y justa, y como consecuencia de ello, abatir la pobreza.

Ahora viene lo complicado, ¿cuál modelo económico? Y eso, hasta ahora, no está del todo claro. Es relativamente sencillo señalar que con ahorros, ajustes, cancelar despilfarros, reducir la nómina y el gasto corriente, se aumentarán los programas y la inversión social. A favor. Pero, cómo hemos señalado en otras ocasiones, eso no impulsa el desarrollo, el crecimiento, o de forma más técnica, el Producto Interno Bruto (PIB). AMLO ha señalado una meta de crecimiento promedio del 4.0 por ciento anual durante su sexenio. Todos deseamos que se logre, no se ven con claridad los caminos o las estrategias para lograrlo.

Otro cambio:

– Acabar con los privilegios de la clase política, los bonos, los sobresueldos, los negocios al margen del poder y las superprestaciones.

– La descentralización de dependencias del gobierno federal y la consiguiente redefinición del aparato gubernamental.

Ese es un cambio, pero está ligado a la eficiencia. Moverlos de lugar, para que sigan siendo lo mismo, no tiene mucho sentido.

– Reducir los dineros a los partidos políticos, y redestinar esos recursos a inversión productiva, infraestructura y no necesariamente programas sociales.

Otro cambio concreto, que habrá de verificarse en los hechos.

Tal vez uno de los más preocupantes entre economistas y expertos, es la estrategia energética. Las refinerías no significan eficiencia de gasto y presupuesto. Conceptos como la “autonomía energética” o “la autosuficiencia de combustibles” no son exactamente contemporáneos. Gastar más de 15 o 20 mil millones de pesos por una refinería nueva –en Tabasco se ha prometido– no parece un cambio eficiente, más bien una visión nostálgica de un mundo de generación de energía que ya desapareció.

Un cambio importante sería la consolidación de las instituciones democráticas, el respeto irrestricto a los poderes de la Unión, el fortalecimiento del INE, INAI, los Institutos de Salud, el florecimiento de una República eficiente. Ese sería un cambio que debe empezar a construirse desde el mismo 1 de diciembre del 2018. Y es un cambio porque se separa de administraciones anteriores, en las que la democracia total, sin restricciones ni uso faccioso del poder, de la justicia o de auditorías fiscales contra los críticos del sistema, fue una práctica extendida.

Lo demás, puede ser simplemente cosmético.

Cambio sería desterrar la concepción de que la política en México sirve sólo para enriquecerse; cambio sería, eliminar el dinero público a los partidos políticos; cambio sería, reformar y reestructurar el Poder Judicial de la Federación para hacerlo eficaz, eficiente, transparente y confiable; cambio sería un Congreso austero, dedicado a su función de representatividad popular, de contrapeso político y de legislación, para dejar a un lado el trampolín becado para otros puestos y cargos de mayor lucimiento; cambio sería, un presidente que abandone el imperial presidencialismo para convertirse en un demócrata convencido, tolerante, respetuoso, auténtico servidor público.

Que esos sean los cambios del nuevo gobierno del cambio.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.