El miedo o la esperanza
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El miedo o la esperanza

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El miedo o la esperanza

31/05/2018

Los empresarios se vuelcan en mensajes y misivas convocando al voto razonado, consciente, responsable, que haga a un lado el enojo o la frustración. Son líderes de corporaciones, magnates de multinacionales mexicanas, que 'al cuarto para las doce' pretenden influir entre sus colaboradores y empleados.

Recorren los pasillos de empresas y corporativos, rostros lánguidos, caras largas y llenas de consternación: ¿De verdad no hay para dónde? ¿El triunfo de AMLO es inevitable?, preguntan con extremo nerviosismo.

El mensaje común y compartido de estos videos –con rostro a cuadro, importante responsabilidad de dar la cara y asumir el peso de sus palabras– consiste en el populismo. Enarbolan comparaciones, riesgos, señalamientos de lo que el populismo representa: la solución fácil, la promesa sin sustento, la dádiva empeñada aunque desborde el presupuesto.

Ahí estamos. A 30 días de una jornada que muchos esperamos histórica en términos, primero, de participación ciudadana. Se adelanta una numerosa afluencia a las urnas, de aquellos guiados por la promesa vaga de un cambio, de una transformación social largamente pospuesta por Fox, por Calderón, por Peña. Tuvieron sus oportunidades, registraron logros y avances, pero también la extensa sensación de un país que no camina, que no resuelve sus problemas, que no ataca ni combate a la pobreza con energía, con eficiencia. Llegarán otros también a las mismas urnas, guiados por el miedo, por la sensación de que el país se va por el precipicio ante la eventual victoria del populismo. Me parece que muchos, los más, llegarán con esperanza de conseguir algo, aunque esa esperanza se dispara en sentidos contrarios.

¿Esperanza de qué? ¿Esperanza para qué? De un cambio que nunca llegó, aunque Fox pretendió encarnarlo y nos dejó un país con la misma estructura de poder y de gobierno.

Del fin de la humillante corrupción que retrata a funcionarios de todos los colores y matices, sin distingo ni prurito.

De recuperar la paz y terminar con la creciente violencia que arrasa municipios y territorios, en una guerra que lo abarca todo, multiplica el crimen, sofistica el delito. El huachicoleo ha mudado ahora a la extracción de gas, que sustrae miles de millones de pesos al año en combustibles, y que ya compite –por territorios– con el narcotráfico.

Nadie concretó el cambio en los últimos 18 años. Nadie fortaleció la legalidad, redujo el crimen, acabó con el secuestro o eliminó con castigos ejemplares a la corrupción.

¿Cómo no va a extenderse el enojo con las imágenes de Karime en el cajero de Barclays, viviendo en Belgravia, el barrio de las embajadas en Londres? ¿Cómo no va a multiplicarse el rencor cuando el señor Lozoya no recibe ni siquiera un citatorio para que comparezca? Vergonzoso uso faccioso de la justicia.

El problema es que la esperanza barata y superficial que ofrece el populismo no construye soluciones. Tampoco edifica cimientos sólidos para el cambio, simplemente adelgaza los problemas, trivializa estrategias: “Voy a convencer a Donald Trump con autoridad moral”. ¿De verdad?

El próximo 1 de julio se enfrentarán como nunca antes en la historia de México, sentimientos exacerbados que van desde el miedo, la desesperanza, la zozobra, la incertidumbre, hasta el enojo, el coraje, la venganza. Dentro de todos ellos, una vaga esperanza de no perder al país en unos comicios divididos, confrontados, polarizados.

Escucho a los punteros instalados en la soberbia de una victoria adelantada. No existen, para ellos, escenarios de derrota, de resultado estrecho, de margen apretado. Descalifican desde ahora –es su estilo y constante afirmación– como 'fraude' una votación cerrada. Rechazan lo que ha sucedido en otras partes del mundo: que la votación dé la vuelta, gire en sentido inverso el día de los comicios. En Estados Unidos el día de las elecciones, las probabilidades de triunfo para Hillary Clinton eran de 83 por ciento a las nueve de la mañana (según el New York Times); para las cuatro de la tarde, las probabilidades habían cambiado drásticamente. Sucedió en Costa Rica, incluso en el Brexit, donde unos confiados jóvenes ingleses no salieron a votar, porque pensaron que estaba ganada.

Miedo por no respetar las instituciones; miedo a provocar pánico y desastres, miedo a la improvisación y la frivolidad.

La esperanza de un cambio parece, a estas alturas, increíble.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.