El final
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El final

28/06/2018
Actualización 28/06/2018 - 9:59

Los candidatos presidenciales llegan al final de la contienda en medio de números contrastantes y esperanzas vagas. Excepto el puntero, Andrés Manuel López Obrador, quien da por garantizada su victoria, los candidatos Anaya y Meade llegan al final de la carrera con golpes y raspones, resultado de su confrontación a lo largo de la contienda. Ya lo escribiremos la semana que viene, pero si se confirma en las urnas el domingo la victoria de AMLO, buena parte de la responsabilidad y del involuntario impulso a su campaña se deberá a la guerra PRI y PAN del último año.

La repetida tesis de Andrés acerca del PRIAN se ha derrumbado en los hechos y en el discurso, catapultando con ello a un candidato que arrancó precampaña con 34 por ciento de preferencia electoral y hoy, al cierre, oscila entre 50 y 52 por ciento de intención de voto.

Ricardo Anaya fue incapaz, en cerca de 150 días intensos, de comunicar, contactar, proponer y posicionar ideas puntuales, centrales de su plan de gobierno. Muchos ataques, muchas defensas, colocando al centro el combate a la corrupción.

José Antonio Meade fue igualmente incapaz de marcar una diferencia con la administración y con el presidente; la carga enorme del desprestigio priista fue el sello fundamental de una campaña que arrancó tibia, sutil, con las confianzas en una maquinaria desatendida. La estrategia del candidato ciudadano lastimó a la militancia, al grado de realizar cambios, reorientar la campaña y aplicar ajustes.

Andrés, en lo suyo. En lo que domina y supera con mucho a sus contendientes: la plaza pública, el lugar común, el denuesto fácil, la descalificación automática y la etérea y multicitada mafia del poder y tantos más. A la defensiva en los debates, donde exhibió la pobreza de sus propuestas, la simplicidad de sus soluciones: el combate a la corrupción, la escalera de arriba para abajo, la junta de seguridad matutina, el autoconsumo, la autosuficiencia alimentaria, la amnistía, el aeropuerto en Santa Lucía y otros tantos disparates.

México enfrenta un momento fundamental en la historia moderna, donde el debate entre continuidad y cambio, aquellas dos visiones de país de los 80 que claramente ganó el neoliberalismo y el libre mercado, presenta hoy nuevos retos. Realineamiento internacional, libre comercio a la baja y en guerra, vecinos confrontados, criminalidad creciente, estrategia de seguridad inexistente con el consiguiente caos y debacle total en esa materia.

Las ambiciosas y fundamentales reformas estructurales no alcanzaron para demostrar a la ciudadanía que el país camina en una ruta de crecimiento y desarrollo sólido, parejo, para todos los mexicanos, con beneficios para todas las familias.

La prometida bonanza no llegó. Las reformas derramarán beneficios, si no son desviadas, torcidas, descafeinadas en la próxima administración, a lo largo de los siguientes ocho a 10 años.

Sin duda parece que el argumento del cambio se impuso sobre cualquier otra evidencia. Si a eso suma usted la ofensiva y cínica corrupción, la aplastante inseguridad, las posibilidades de un triunfo priista parecen evaporarse para el domingo.

Con todo, persisten las esperanzas de aquellos quienes no quieren ver la victoria de AMLO. Se hacen cálculos entre los indecisos y el voto oculto y avergonzado, para sumar porcentajes increíbles. No se ve por dónde.

Los cierres de campaña, ayer, demostraron más de lo mismo. Discursos, promesas de victoria y la penosa cesión de Andrés ante al espectáculo que siempre despreció. AMLO en la pasarela, en medio de Belinda y Margarita La Diosa de la Cumbia. ¡Pero cómo no!, si todos somos mexicanos y tenemos derecho al festejo anticipado, a la fiesta que hermana y confunde. ¡Ya ganamos! Repitieron una y mil veces la transformación de las conciencias, la transición pacífica, el cambio profundo.

Si les sale, ¡bravo por México! Si no, con tan elevadas expectativas, agárrense porque ellos prometieron “la refundación de la patria”. No vamos a defraudar, afirmó Claudia Sheinbaum en el mensaje de apertura. Ojalá y no defrauden si el electorado les otorga la victoria.

El domingo debemos todos, grandes y chicos, morenos y azules, naranjas y tricolores, asistir a las urnas y votar en pleno ejercicio de conciencia. Con libertad, con responsabilidad, con firmeza por nuestras convicciones.

Y que hablen las urnas.

La actitud, seriedad y responsabilidad al término de la jornada, serán fundamentales para el futuro pacífico de México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.