Trump, entre la realidad y la fantasía
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Trump, entre la realidad y la fantasía

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Trump, entre la realidad y la fantasía

16/01/2018
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Donald Trump. (Bloomberg)
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Uno de los signos que definen la personalidad, y tristemente la administración de este primer año de gobierno del presidente Trump, es su tendencia a desconocer, devaluar o menospreciar hechos consumados.

El primer foco rojo –después de la campaña donde utilizó frecuentemente el recurso de rechazar hechos, datos y cifras– fue cuando el New York Times publicó dos fotos comparadas con la toma de posesión del presidente Obama (enero 2009) frente a la del presidente Trump (enero 2017) donde las imágenes son irrefutables: decenas de miles de personas asistieron masivamente a la primera ceremonia y ocuparon un espacio muy significativo en The Mall, esa larga explanada de pasto y árboles que conecta al Capitolio con el Monumento a Lincoln pasando por el Obelisco (monumento a Washington). Miles asistieron también a la de Donald Trump pero
–basados en las fotografías aéreas desde el mismo ángulo– muchos menos que a la de su antecesor.

Trump enfureció, calificó como falsas y manipuladas las imágenes, acusó al diario de distorsionar y su vocera tuvo que salir para acuñar uno de los términos más controversiales de los últimos tiempos: “realidades alternativas”. Una la real que retrataron las imágenes, y otra, dislocada, distorsionada, en la mente de Donald Trump.

Más allá, los medios han trabajado un año entero en registrar y consignar la numerosa cantidad de ocasiones en que miente. Ya no sólo rechaza hechos comprobados y sustentados, sino que los modifica y construye una versión propia que difunde en declaraciones y medios.

Un terapeuta describiría esta doble realidad que oscila alternativamente entre la fantasía y la verdad evidente y comprobable, como esquizofrenia. No me atrevo a emitir diagnóstico alguno, pero ahí están los hechos durante 12 meses de gobierno caótico, pendular, volátil y visceral.

La última perla de esta conducta cambiante son sus comentarios racistas (“aceptar migración de países de mierda”) que ahora niega abiertamente y afirma, siguiendo el entrenamiento de algún exitoso experto en medios, “soy la persona menos racista… que has entrevistado” le dijo a un reportero ayer.

En su edición del lunes, el New York Times publica una investigación donde sigue la huella de declaraciones publicadas de Mr. Trump sobre este tema a lo largo de casi 28 años ('La Lista Definitiva'). Desde trabajadores en sus empresas y edificios, la apreciación de sus vecinos –nosotros los mexicanos– hasta su prohibición en contra de viajeros de origen musulmán a territorio estadounidense.

La lista es considerable y dibuja la imagen de un personaje profundamente racista, que califica y evalúa el rendimiento, la capacidad y la confiabilidad de las personas a partir de su raza y color. Hay documentos que prueban declaraciones suyas en contra de afroamericanos, latinos, mexicanos, y más recientemente, musulmanes.

Aunque lo niegue, o aunque alguien cercano –como su hija–le diga que es políticamente incorrecto, Donald Trump es un racista consumado, lo prueban sus declaraciones y actitudes por casi tres décadas.

Sin embargo tal vez eso, aunque deplorable e inaceptable, no sea lo más grave, sino su incapacidad total para reconocer la realidad en la que vive él mismo, su país y el mundo.

Twitter: @LKourchenko

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.