Histeria en la Casa Blanca
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Histeria en la Casa Blanca

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Histeria en la Casa Blanca

11/09/2018

Se desató la histeria. Ante un equipo disfuncional de trabajo que operaba ya bajo parámetros de elevado desequilibrio, falta de estrategia, atención detallada, seguimiento a temas sensibles y la sensación permanente de pensar que su jefe es incapaz para desempeñar el cargo, ahora se elevarán controles al uso de teléfonos.

Lo que sabemos hasta ahora, o lo que se ha anunciado de forma muy discreta, es que se cambiarán los teléfonos celulares asignados al personal, se extremará la política de aislar celulares para evitar grabaciones y se considera, ante la sugerencia de un senador, la posibilidad de someter a todo el personal a detectores de mentiras.

Lo que provoca esta nueva crisis de confianza al interior de la Oficina presidencial, proviene de diferentes hechos: uno, el más notable y escandaloso, el texto anónimo publicado por el New York Times la semana pasada en torno a la existencia de un grupo de funcionarios en la Casa Blanca que trabajan, de forma concentrada y articulada, para impedir que el presidente Donald Trump produzca “aún mayor daño” a la nación. Esto quiere decir que trabajan en contra de su jefe y –lo que ellos consideran- a favor del país, realizando tareas no claramente identificadas. Sólo menciona ocultamiento de documentos, traslape de agenda, compromisos olvidados y reserva de información delicada o confidencial lejos de los ojos del presidente.

Este solo hecho ha provocado toda una revolución en Washington, por lo que significa: el autor –anónimo repito- se identifica como miembro de “la resistencia” y señala a un grupo de funcionarios dentro de la administración que actúan en sintonía.

Las reacciones de Trump en Twitter han sido desaforadas. Desde insultos y amenazas al NYT para revelar la fuente del texto –el autor- hasta llegar al desequilibrio de asegurar que cualquiera que sea el resultado de las elecciones para el Congreso en noviembre, el presidente será sometido a un proceso de desafuero y de destitución.

Parece fuera de control. Atacó a los demócratas, acusó el jueves en un mitin a sus seguidores republicanos de que la derrota será culpa “de ustedes si no salen a votar”.

Por si faltaran elementos está el libro de Bob Woodward, “Fear”, adelantado la semana pasada y que inicia su circulación en estos días. El experimentado y muy prestigiado periodista –coautor de las investigaciones del Watergate (1976) que produjeron la caída del presidente Richard Nixon- detalla en su libro a un presidente “separado de la realidad” como nunca antes había visto. El libro de Woodward concentra testimonios de congresistas, funcionarios, expolíticos o políticos en retiro que describen un escenario de grave descomposición y daño a las instituciones: la democracia en primer lugar, pero sobre todo la presidencia de los Estados Unidos y su relación con el mundo.

Otro motivo de exaltación está en el expediente Omarosa Marigault Newman: una asesora del presidente Trump despedida hace apenas unas semanas, que difundió a días de su salida de la Casa Blanca, el audio en el que el general John Kelly, jefe de la Oficina presidencial, la despide en la sala de conferencias. Dos días después, Omarosa difundió otra grabación mucho más comprometedora entre el propio Trump, su jefa de prensa y Omarosa donde instruye que todo el asunto del Rusiagate sea ligado a la campaña de Hillary Clinton.

Esto causó la explosión colérica de Trump al emitir en un mismo día ocho mensajes en Twitter insultando, descalificando y humillando a la señora Newman.

La Casa Blanca oscila entre la paranoia de los espías –miembros de la resistencia- internos, la histeria de un presidente acorralado y la caída de sus índices de popularidad: según tres encuestas, está en márgenes decrecientes de un 36-37 por ciento. Si baja hasta 30-32 para finales de octubre, la derrota en la Cámara de Representantes será desastrosa para los republicanos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.